El rincón de los regalos

Sé dónde guardaban los regalos

aunque nunca dije nada;

al fondo, entre caja y ropa,

allí donde últimamente solo encontraba vacío.

Pero tengo las entrañas revueltas desde

que pulsaste ese botón de enviar,

y me he asomado ya sin miedo

al precipicio

y lo he encontrado todo.

Me he topado con los versos de Neruda;

con estas ganas, rotas, pero, a fin de cuentas, estas ganas;

con el miedo a perder espacios en el pecho y a volver a desmontarme

solo para verme en piezas rotas  y que sea en balde.

Con el recuerdo de quien hoy ni me saluda;

con el listado de mis horas de desvelo;

con profecías autocumplidas;

con la química fallida;

con una cifra borrada, diría que por orgullo, pero ahora lo escupo más que tragarlo, por amargo. 

Me he asomado al rincón donde escondían los regalos

y he encontrado

esa vieja percepción de seguir siendo decepción andante, inevitable y permanente

para el mundo y,

aun así,

he abrazado las ganas de no dejar
de mirarme al espejo

y saberme decepción andante, inevitable y permanente

con una sonrisa puesta

y una dosis de amor propio que lucho día a día

por inyectarme directamente en la vena.

 

3 de mayo

El olor a la humedad

también es el de la infancia,

ciega a los errores,

limpia de autoengaño,

vacía de manchas indemnes.

El olor a humedad hace desaparecer

el olor a pérdida.

 

Abro la manguera y dejo que fluya,

me empapo de fecha cero,

me evado del verano y

de los números pares.

 

Cuando regreso a mi vida,

la vida ajena a la nuestra

me resulta indiferente:

el dolor ocular es apenas un recuerdo

cuando lo recubro con la piel de los ojos.

Cuando vuelva a abrir los párpados,

quedarán asaltos y menos compañía.

Conozco demasiado esta guerra,

este dolor desconectado y,

aún uniéndome con él

como lo haría al enemigo,

la humedad es solo una distracción errante

que nunca conseguirá salvarme de las despedidas.

Cambios

Cambiar por cambiar no significa crecer.

Hacen falta luz solar,

espacio en que depositar el dióxido que limpias,

varios pedazos de universo,

paciencia y un par de distracciones.

Las partículas me bailan e ironizan;

me he autoflagelado intentando espantarlas;

la persona que me puso el látigo en la mano

me ha culpado por tener un látigo.

Para que deje de escocer  hay que limpiar la herida;

para limpiar la herida hay que dejar de revolverse en el barro

y extirpar la tierra de los bordes.

Para limpiar la herida tiene que existir herida.

Lo contrario sería un vestigio de profecía autocumplida,

una ironía como esta:

el primer día blanco ha sido el más oscuro

y espero que mañana sea el primer día blanco de verdad,

y que sea tan blanco que me ciegue

y que esa ceguera me acabe haciendo ver a oscuras

o, si acaso, ver en la oscuridad.

Debería concentrarme en lo único que sé

y dejar de fingir que solo sé que no sé nada.

Encender la pantalla,

dejar pasar las horas.

Cambiar por cambiar no significa

creer

en el cambio.

Días anónimos

Solo sé gritar y hacerme escombro y dar escombro.

Ser escombro disfrazado de disculpas,

retorcidas, tardías, torpes, ineptas, sinceras,

pero rellenas de escombros a fin de cuentas.

Ha pasado un día igual que el día anterior igual que el día siguiente igual que el que vendrá,

solo la nube y yo somos metamorfosis constante;

y la nube va creciendo,

en el cielo que no puedo tocar pero también en estas cuatro paredes,

y me devora, y me convierte en nube,

y ahora soy nube pero también escombro.

Sé que no necesitas que te necesiten,

pero últimamente no puedo evitar que todo arañe

y he cubierto lo importante de diamante.

Más explosión que caricia,

jamás te quise en medio,

solo quise saber cómo encajar las piezas

sin volver a caer en mis propios tópicos.

No merezco siquiera la réplica  a este miedo.

 

Aquí

cadáver

intoxicado

con la máscara en la cara 24/7.

38

Estar sin estar por estar
es la herida que
nunca cierra;
las idas y venidas y el collar
que yo misma me he enroscado en torno al cuello,
ese dolor al que no aprendo a acostumbrarme.
Siempre me equivoco
en la elección de las piedras.
Intentar hacerlo bien
no significa hacerlo bien.
Coincidir con el cometa
no significa convivir con el cometa.
Pensé en escribir
sobre verte a diario
y no lo hice por prudencia
y porque, sin miedo, quería hacerlo a la cara;
ahora no lo haré porque el temblor y su mordaza
han regresado
y me sujetan el cráneo
y lo aprietan contra el suelo
y es de asfalto
y todo duele
y nadie me ha enseñado a echar el freno.
Hoy los muros no saben contarme historias;
tal vez, si acaso,
las piedras de las tumbas.
Quise permanecer y me quedé estancada.
Dijiste que no lo aguantaría
pero al menos procuré ir de frente.
La caída,
desde dentro,
es la caída.
Pensaba
a diario en verte cada día
pero

pausas selectivas.

Nuevo caparazón.
Últimamente solo sé pedir consejo,
ver inmóvil cómo te alejas,
intentar correr detrás,
cansarme,
lanzarme al suelo,
agarrarme el corazón,
pertenecerme.
Sin horizontes cercanos ni lejanos

(sin horizontes)
solo contemplo dos opciones.
Si no vienes a rematarme
voy a mantener con persistencia esta huida.

 

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2

Reuniones en tablas,

soledad en tablas,

pies en tablas.

Nunca conozco las reglas del juego.

Todas las tristezas establecidas con la marca en su botella

han borrado mi nombre

y aún así me pertenecen.

No sé si perderme en la poesía o ahogarme en ella,

si hablar, si callar, si desatarme las manos,

si dejar que los instintos manden sobre la espina dorsal,

si romper a llorar,

si romper el suelo,

si romperme.

La soledad no es voluntaria si no quieres que abrace

cada uno de tus recodos.

Hoy no encuentro ni mis propios pedazos.

 

Te alejas mientras intento responder

a todas esas dudas escarpiadas que no me pertenecen

sin escudo:

la avalancha abolla cada uno de mis huesos

gramo a gramo.

 

Necesito respirar.

Necesito gritar.

Necesito

ser

alguien.

Canción previa a la vida

No entiendo tus formas, ni tus maneras,

tus idas, ni tus venidas,

ni que estuvieses de menos

cuando te buscaba

a tientas,

    a sordas,

    a tontas,

de norte a sur, de sur a norte,

perdida y cardinal en un planeta

siempre demasiado amplio,

siempre demasiado esférico,

 

y ahora tu presencia estorbe

cuando apenas quedan rincones

para huir de tu veneno.

 

No comprendo esa falsa intimidad,

ni esa necesidad circense

de las vísceras

colgantes,

exhibidas,

al descubierto,

frente a la diana,

televisadas,

radioscópicas,

transparentes,

ni que quisieras lo que siempre tuviste

y echases de menos lo que nunca probaste

ni cómo alguien es capaz de percibir

inocencia entre los rasgos

que destrozaron caras a las espaldas

con apenas pestañear y sin siquiera parpadeos.

 

No maldita,

por no maldecir aquello  que no existe,

pero sí falsa e inexistente y cruel y engañosa

dulzura aquella que mostrabas

solo en los días impares.

Aún no lo entiendo.

 

Y quizás nunca lo hiciese,

y me limitase a seguirte con los ojos en la mano,

envueltos en algodones,

medio en vuelo,

dejando un rastro de orgullo, de ruegos y decepciones,

pero también de inagotable deseo.

 

Pero el caso es que,

aunque jamás entendí que te marchases,

hoy miro en tu dirección

y agradezco que lo hicieras

cada vez que el minutero baila.