Canción previa a la vida

No entiendo tus formas, ni tus maneras,

tus idas, ni tus venidas,

ni que estuvieses de menos

cuando te buscaba

a tientas,

    a sordas,

    a tontas,

de norte a sur, de sur a norte,

perdida y cardinal en un planeta

siempre demasiado amplio,

siempre demasiado esférico,

 

y ahora tu presencia estorbe

cuando apenas quedan rincones

para huir de tu veneno.

 

No comprendo esa falsa intimidad,

ni esa necesidad circense

de las vísceras

colgantes,

exhibidas,

al descubierto,

frente a la diana,

televisadas,

radioscópicas,

transparentes,

ni que quisieras lo que siempre tuviste

y echases de menos lo que nunca probaste

ni cómo alguien es capaz de percibir

inocencia entre los rasgos

que destrozaron caras a las espaldas

con apenas pestañear y sin siquiera parpadeos.

 

No maldita,

por no maldecir aquello  que no existe,

pero sí falsa e inexistente y cruel y engañosa

dulzura aquella que mostrabas

solo en los días impares.

Aún no lo entiendo.

 

Y quizás nunca lo hiciese,

y me limitase a seguirte con los ojos en la mano,

envueltos en algodones,

medio en vuelo,

dejando un rastro de orgullo, de ruegos y decepciones,

pero también de inagotable deseo.

 

Pero el caso es que,

aunque jamás entendí que te marchases,

hoy miro en tu dirección

y agradezco que lo hicieras

cada vez que el minutero baila.

 

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