Autopsia de un instante

Aún faltan las palabras y el aliento para pensar sobre ti.

Todo es colina blanca, vértigo, luces:

te contemplo con una pupila desde cada perspectiva

y la vida es tan simple como el tiempo cuando inmóvil.

Tú mientras me meces:

si acaso siento extraño el silencio entre tus manos

es mi oído el que busca el hogar en tu costado.

Suelo encontrar mis ganas a la vez que tu pulso.

 

No lo siento:

te siento.

Y así he decidido que no quiero vivir contigo.

No.

No me basta.

No quiero vivir contigo.

Escojo vivir en ti.

Pequeño misterio de papel

Te veo en el puzzle y en las piezas incompletas,
en cuclillas sobre mí y tumbada a mi costado,
lesionando mis certezas y mancillando mis dudas.
Te busco si no te veo,
te veo y no te encuentro,
te encuentro aún sin buscarte.
Quizás fuiste tejiendo telarañas en mi pecho
y tal vez ya entonces tu risa me calase cada poro
y hasta hoy
no me haya dado cuenta.
Pero aún no he deslizado tu presente para enfrentarme a tus monstruos,
aún quedan resquicios por donde el corazón asoma entre los dedos en los que he ido enredando tus caricias,
aún no he corrido tu cadera para ver qué escondes detrás de tus silencios.
Ahora sé lo que se siente al desnudar a alguien de la ropa
antes que de sus velos.
O quizás lo supiese ya antes,
y tal vez haya otros pioneros en descolocarme el corazón y romperme los esquemas y abrirme el pecho
sin dar explicaciones,
y lo único nuevo en este escaparate es que, por primera vez,
quiero que todo esto tenga sentido.

Desde una ventana subterránea

Qué sorpresa.

Ya no quedan ni orgullo ni garras ni razones.

He decidido cambiar esos vicios por agujas,

para coserme los labios si así salvo tu vida;

para pincharme el corazón si me llamas y no reacciono;

para curar las heridas que aún no he trazado en tu piel;

para acribillarme los dedos antes de dibujarte a sabiendas mis puñales.

Necesito que entiendas que al final sólo estoy yo;

que no te sepa a poco, ruego,

que aun desnuda de otros rostros siga siendo suficiente.

Que me quieras, joder,

que me quieras joder (bien).

Que sepas que aún no he conseguido transformarme en la luna,

pero sigo intentando bajártela para que pidas un deseo

(yo el mío lo tengo claro y sólo tiene dos letras).

 

Espero que no lo olvides cada vez que, por fracasar, salga el sol.

Premio a todas tus películas

Me declaro responsable de haberte visto y dejado de hacerlo,

y menos mal que te contemplo a ratos desde la distancia.

Sufro de punzadas de fortuna contrapuesta:

por desgracia, aún conservo ojos y memoria;

por suerte, la sordera que padezco es selectiva y mi risa no forzada.

Como desde el cielo, casi omnipresente,

me llega sin quererlo

aquel refrán de que a ratos arrastras sobre alguien tus cadenas,

y ya de vuelta a mi calma el mensajero siempre trae malas noticias.

Sigues creyendo que mi caballo jamás ganaría la carrera:

parece que aún no has comprendido que mi culpa pesa menos

que los besos que a ti te faltaron.

Sigues pensando que esto es una competición

y, por primera vez,

yo opino que  marcharme no fue cuestión de alas.

Carga sobre mí falsos pecados, si eso te consuela.

Sigo suspendida entre llama y llama, y eso me apacigua.

En el oasis de su vientre se consumen

traición y acusaciones,

y, con ellas,

 

las opciones de cerrar esta puerta.

…y debe ser contada en otra ocasión

Cargo con una espalda arqueada por el exceso de días tras ella,

y aún con más inseguridades,

y creo que lo sabes.

Que aún no me atrevo a

mirarte, besarte,  rozarte, hablarte, follarte,

por si acaso crees que todavía no es suficiente,

y me dejas caer tu costado

y no es para seguir acariciándome el vientre.

Y qué más da,

si ya estoy acostumbrada a tus poses de marfil,

a tu perfil esculpido por esclavos de tu risa (yo entre ellos).

Al otro lado diré que en tu esfinge me maté yo:

bastó con que me mirases y el resto es historia.

Ahora sólo pienso en escribir sobre la nuestra,

porque estoy curada de espantos pero tú aún no me has mostrado tus fantasmas,

y créeme,

estoy deseando verlos.

Tengo los nervios a flor de piel, los pelos de punta y el infarto preparado.

A cambio,

sólo pido que te quedes.