Sólo te quiero a priori, a posteriori y entre medias

Eres luz absoluta,
luz a posteriori,
luz estable,
luz latente,
luz exiliada de lógica
cuando el sol se haya apagado.
Un ángel de la guarda incluso sin creer en ellos,
agua absoluta,
a posteriori,
estable,
latente,
exiliada de sentido
tras la sequía.
Eres razón por la gastar las garras
arañando el minutero aunque sepamos que es de plata
y un paso más a la izquierda toparíamos con oro.

Eres vida.
Eres vida y te quiero en la mía
y ser espectadora cada vez que bailes,
y aplaudir hasta que me sangren las manos,
y seguir haciendo palmas con los pies,
aunque no haya un beso nuestro antes de la palabra “fin”.

 

(Supongo,
y al fin lo he comprendido,
que eso es el Amor:
querer verle llegar más lejos que nunca
incluso cuando tú te hayas estancado
en el subsuelo).

Primera (de/a)claración

No me malinterpretes:
si te digo que hoy tengo el corazón en un puño
no hablo de agazaparme en un rincón con hombros convulsionados, lastimera, queriendo cortar la mano en la que lo sostengo con tal de no oírlo dejar de latir;
hablo de que sólo sé quererte con el brazo en alto y los nudillos apretados, en un amor violento, subversivo, revolucionario y malhumorado,
el único tipo de cariño que quizás tú no necesitas

pero a mí me devuelve la paz.

Calibre cincuenta

Hemos vuelto a jugar con el amor al escondite
y, por primera vez, hemos ganado.
Te quiero.
Lo sé:
es la primera vez que le hago jaque a la pereza
porque la urgencia de marcharme es más intensa
si oigo tus gritos de auxilio porque te ahogan mis silencios;
mientras veo al sol largarse
soy incapaz de pensar en sus colores
si no los imagino reflejados en tus ojos.
Y supongo que eso significa que te quiero.

Nadie me advirtió que las victorias tienen tan buena puntería,
un calibre cincuenta,
la oportunidad de disparar a bocajarro en el pecho
y tan poca conciencia como para apretar el gatillo sin remordimientos,
pero a pesar del dolor que me produce este agujero
he decidido meter la mano y evitar que cicatrice
por si acaso
decides que mi vacío te sirve de refugio.
A pesar de todo
sé que,
por primera vez,

hemos

ganado.

Y ahora nos toca escondernos.
De los miedos,
de las dudas,
de la ausencia de contacto,
de perdernos y no volver a encontrarnos.
Yo hace tiempo que me resguardo en la brecha entre tus labios y mis horas muertas
y sólo asomo de nuevo si tus incertidumbres
me arrastran al invierno

Y mientras tanto, te espero.

Ven:
sabes que tengo un hueco en el pecho
reservado para tus horas de más.
Ven,
que en las horas de menos

ya pensaremos en otro momento.

 

Mentiras entre semana

Siempre me supe completa,

ahora sólo descompuesta y retorcida y agotada

si estoy fuera de tu cama.

Como buen puzle incompleto e incapaz de resolverse

si un día creo que es falta de perspectiva,

al siguiente me sonríes y vuelvo a estar convencida de que carezco de piezas,

que las llevas en tus manos:

contigo vivo en vigilia por si acaso me tocas y me haces reconstruirme.

 

Sin

 

ti,

 

sigo agotada.

 

Ni me limpio  de las fosas nasales los restos de ilusiones:

quizás de ellas no se viva,

pero muero lentamente y sonriendo

mientras sueño despierta con verte dormitar cada mañana

y que muerdas mis labios, mi cuello y mi pecho,

por si acaso a dentelladas rompes estos nudos

porque esta cuerda ya no quiere las suyas,

porque sólo tú puedes,

porque yo sola no quiero.

Miento sólo entre semana si juro que odio que te acerques

en silencio y por mi espalda,

pero las dos sabemos que respiro tranquila

porque sé que no llevas puñales.

Miento sólo entre semana si finjo que no te echo de menos,

y sábados y domingos

rebaño tus riñones, hago altares en tu espalda y rezo allí mis oraciones

porque quiero que te quedes

 

y las frases y palabras hasta fallan.

Juro que estas líneas no hablan sobre despedidas

Estoy respirando lento para no romper el aire,

por si acaso quedasen en esta habitación

moléculas de las que llegaron a tus pulmones

y en mi pecho una vía intravenosa

para que alcancen el vacío que has dejado.

Mis palabras son más claras que nunca en esta distancia insalvable,

y no hablo de kilómetros porque esos siempre estuvieron

y casi aprendimos a bailar sin pisarlos,

sino de chillarte al oído porque ya no lleguen mis susurros

y, aun así, no deshacer el hechizo que te volvió de piedra.

No enmudezcas, por favor.

Que si en otras ocasiones sonreí al sentirte inmóvil

hoy me falta un abrazo para sentir apacibles tus mutismos.

Sigo sin querer ser la consecuencia de tus vuelos

en vez de la causa que te pinte las alas y te despeine cuando al fin

decidas

despegar.

Y yo que siempre te prohibí plantear las despedidas en voz alta

por si acaso las hacías más reales,

intento no formular entre líneas un adiós

y que la tristeza no me gane otra mano al besarme

a cada segundo en que tú no lo haces.

Juro que este poema no habla de marcharse,

habla de que aún pienso que merecemos la pena.

Que aunque haya tanto roto en tan poco espacio

ahora practico a ciegas un nuevo deporte de riesgo:

aprender a contener aludes de sentimientos

por si te derrumbas,

por si me desboco.

Ya he perdido una vida en tus laberintos,

pero prometí más de una a tu lado.

Yo me quedo,

salto,

juro intentarlo,

esquivo balas del pasado

y te veo en mi presente.

Sólo dime si tu harás lo mismo o estoy luchando sola

en una batalla en la que el invierno está de camino para volver a verme.

Engaño I

“Todo debería ser más sencillo”,

repetías una y otra vez.

 

O tal vez no.

Tal quien te dijo que aferrases más fuerte el pájaro sabía que los otros cien eran más bonitos, más rápidos, más blancos, y que el cielo no es infinito para dos personas que no se rinden en la búsqueda de la posibilidad de la ausencia de lo sencillo.

Tal vez deberías abrir la mano porque el ave que sostienes en tu mano

(tan cómoda, tan suave, tan fácil de mantener)

es precisamente

la única de la bandada que no merece la pena.

Despacio

Bésame despacio

y vamos a quebrar el tiempo,

que los que dicen que es oro

ni siquiera lo han visto de reojo brillar a tu lado,

y yo lo volvería piedra

por fluir en tus caderas al menos una vida más.

Báilame despacio

y desnúdame sin miedos,

cuida de mis pies porque ambos son izquierdos

y a pesar de la torpeza en mis compases y mis pasos

contigo sí que quiero bailar.

Háblame despacio

y haz que prefiera callarme

por acercarme a tu espalda, silenciosa,

evitando que el ruido de mis pasos

impida que me puedas encontrar.

 

Rómpeme despacio,

que yo sólo tengo prisa

para que me desvistas.