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Me giré antes de dar el primer paso
hacia el precipicio,
ignorando el engaño en aquella ligereza.
Me giré y le vi pero no quise mirarle,
me giré y me miró aunque no quisiera verme,
y sentí agujas de fuego tatuando sus pupilas por dentro de la piel.
Me giré y quien no dio la espalda fue el olor a despedida,
a rosas frustradas tras cada intento marchito
a manecillas vividas tras tantos años doblados.
Me giré y al ver que quedaba atrás seguí caminando,
y demostré que mi marcha era real,
y demostró que no pensaba seguirme.
La escogió a ella y escogió aquella habitación para quedarse a vivir,
y ahora sólo queda un hueco a la izquierda de mi pecho
y la certeza
de que ya no necesito volver a sentirlo latir.

Todas las calles hablan de ti

Me he propuesto desintoxicarme de esta adicción al autoengaño,
desnudarme de la erótica de la mentira en la piel,
arrancarme y arrojar sin miramientos cada máscara.
Sólo las guardaba para mentirme a mí misma
aunque debí haberlas quemado al descubrir
que nunca las necesité contigo.
Y  antes que prenderles fuego escojo la abstracción
en los olores que hace pocos eran nuestros,
en los suelos de almidón y gravilla que hacías florecer a tu paso,
en el sonido de pisadas que no suenan del mismo modo tras tus pies.
Sigo viendo todos nuestros posibles futuros
y me duele admitir que ninguno de ellos es por mi culpa.

Y ojalá tu paciencia pese al menos la mitad
que estas ganas casi enfermizas de volverte a ver.
Con eso bastaría para sentirte amanecer
cada día de estas cuatro vidas que aún me quedan.

Sobre cromatismos y catástrofes

Sabía que haría falta un ancla muy pesada para anclar el barco.
Lo que no imaginaba que llevabas mil terremotos en el pecho
bloqueando cada una de mis opciones de huir.
Y sí, en lo esencial nada ha cambiado:

yo sigo siendo yo,
los domingos siguen siendo negros,
los días de lluvia grises,
y hay blanco en millones de sonrisas que no son la tuya.
Pero,
tras recorrer palmo a palmo toda la gama cromática,
después de sobrevivir y entre todos los desastres,
he decidido que te elijo a ti.

Viajes espaciales

Dirán que hubo música y voces coreando y cuerpos en movimiento;

dirán que hubo alcohol y luces parpadeantes y ganas de vivir.

Yo responderé que quizás lo hubo, pero yo ni lo vi.

Confesaré haber disfrutado más de lo que no pagué.

Y sólo sabré hablar de tus susurros y tu voz y tu cintura;

sólo sabré hablar de tu saliva y tus ojos y mis ganas de vivirte.

Tan grande que es el mundo y tú su única habitante,

un cruce de miradas el único requisito para cerrar los poros,

el amor hecho sin tocarnos.

 

Mi cabeza es un caos desde que llegaste,

y no tengo intención de ordenarla porque ni sé ni quiero evitar

que tus vientos despeinen mi vida entera.

Pero supongo que en realidad es bastante sencillo.

Me calzaste con los pies de una astronauta

y logré dar cuatro pasos en apenas unas horas

(a pesar de movernos tan lento por el espacio, contigo sólo quiero acelerar).

 

El primero de ellos fue con la ropa puesta.

Aunque sólo estando ebria te llame por tu nombre

Mi amor,
te juro que contigo intento no usar esa palabra a golpe de viento,
pero anoche el alcohol inyectó plomo en mis venas
y hoy desperté intoxicada de tu ausencia,
ahogada en los maremotos que me nacen en el pecho
cada vez que lo sacude un nuevo latido y es por ti.
Mi amor,
te juro que nada ha sido en vano,
que cada paso hacia atrás significó que estábamos a un paso menos para seguir avanzando,
que cada tropiezo supuso estar una caída más cerca de este acierto
(de un nosotras,
del “puedo estar sólo conmigo pero prefiero no verme sin ti”.)
Pero, por si no te basta con palabras,
si aun a ratos te preguntas si esas heridas merecieron la pena,
pienso besar cada una de tus cicatrices
hasta que incluso el dolor que esconden
salga de su crisálida y se transmute en placer.
Mi amor,
te juro que podría llenarme los pulmones de tanta ternura,
perder la última de mis vidas,
vender mi alma al diablo a cambio del tacto de tus dedos martilleando mi vientre,
saltar sin paracaídas
(quizás sea tarde para pensarlo dos veces,
el paso ya lo dimos más de una),
y tal vez confundir a quien encuentre mi cadáver,
y hacer que cada noche que siga respirando

su cabeza se pregunte las razones

porlas que en mi rostro inerte había dibujada una sonrisa.