Y avísame cuando llegues

Tendrás que redimir cada uno de mis errores,

y juntar norte y sur y comprender esta ironía:

te rozo y ya ardo en el infierno por pecar en cada idioma conocido,

y al mismo tiempo hay fuegos que sólo sé extinguir si tú me besas.

Y que existas se convierte en un martirio que agota los centímetros de piel,

porque mientras la impaciencia sigue golpeándome en la nuca

tu ausencia juega por rutina a la ruleta rusa en mis sienes.

Pronto estaré  tan llena de cicatrices que yo misma seré cicatriz,

y aunque sea a sabiendas de que respiras y no lo haces sobre mi cuello

tengo que admitir que quiero que beses cada una de las puñaladas

que todavía no me has dado.

Ven rápido.

Sé y puedo y sé que puedo esperar más,

pero ya no quiero.

Me urge que me envenenes y me sanes en el mismo mordisco,

desvestirte de las inseguridades para seguir con la ropa,

estrellarme contra mis miedos hasta romperme

y planear ese futuro que pretendo transformar en pasado entre tus dedos.

¿Aún no lo has entendido?

No lo soy todo contigo porque sé serlo sin ti,

pero lo siento todo contigo

lo quiero todo contigo

y lo tengo todo contigo.

Lo demás me sobra y tú siempre me faltas.

Captura

… y después gloria.

Mensaje urgente:

bandera blanca, que hoy duermo en otras trincheras.

Y aún no sé qué me ha devuelto a ti,

si es la brisa o son las olas o es la tormenta o su nombre,

pero aunque no boquease al buscar aire si me besa

este trozo de tela seguiría oliendo a mar.

Pongo las palmas al frente y las armas a tus pies

pero tengo la certeza de que no vas a matarme,

de que esta paz es mutua y aun cuando en tus adentros siguen rugiendo tambores,

esas fúnebres baladas no llorarán más por mí.

Encañona a otro abrazo mártir que realmente lo sea:

con lo(s versos suicidas) que hemos sido  no merecemos morir así.

Ya nos hemos cansado de llorar a los caídos

y de caernos cada vez que lloramos,

por eso presento mis respetos a tus difuntos,

también a lo que fuimos y lo que creímos ser.

Esto no es una tregua, es el fin nuestra guerra.

 

Ahora sólo ella me mata

y, cuando lo hace, lo hace a  besos.

 

Confesiones entre cuatro paredes blancas

Regaláme tus peores noches y tu voz entrecortada,

que las quiero transformar en las horas de negrura durante las que me hice

el mudo abrazo que quiero ser si me rozas

y en borbotones de risas prófugas de las penas guardianas

que encuentren su vía de escape cada vez que abres los labios.

Confieso que yo también sé lo que es vivir huyendo.

Del pasado, de fantasmas, de errores,

de las voces que gritan en mi cabeza que nunca soy suficiente,

del miedo a la distancia y a romperme, de la necesidad,

de lo que sería contigo y hasta lo que fui sin ti.

Y al fin he llegado a casa.

No entiendo cómo supiste que ver tus pupilas húmedas

también me haría llover a mí,

que mis demonios interiores volverían a rugir tras tantas madrugadas en letargo

pero tampoco me extraña,

si apenas con mirarme sabes traducir el índice de mis sueños,

y con que yo te mirase le diste a un nombre de un poema que no he sabido escribir

hasta hoy.

 

Y a ver cómo te lo digo sin que te suene a locura.

 

He logrado escapar de las paredes alcochadas,

pero ahora

quiero que seas tú quien me ponga la camisa de fuerza.

Hacerla callar

Me dice la lógica

que solamente le estoy conociendo,

y es apenas paranoia la sensación de reencuentro con alguien a quien conocí en otra vida;

que sólo ha marcado con sus dientes la parte izquierda de mi pecho

porque las mudanzas para convertir un corazón en un hogar llevan más tiempo;

que tengo la piel justa y necesaria

aunque a veces sienta que no son suficientes los besos que caben en ella cuando la lee a escondidas.

 

Tantas cosas me dice la lógica y todas ellas me suenan tan estúpidas

que a ver si encuentro la forma de que se calle de una vez,

porque grita demasiado y yo sólo tengo ganas de escuchar

el ruido de cascabeles  agitándose cada vez que me besa

 

(llamadlo instinto, llamadlo corazón).

Me gustas (más) cuando (no) callas

Háblame y no te calles.

Cuéntame tus miedos, cántame mis pensamientos, báilame sobre el cuerpo,

sonrójate al mirarme hasta que la noche nos acaricie

y la piel sea una brújula con la que no perderme en todo aquello que no dijiste.

Háblame y no te calles,

que yo mientras te desnude más allá de la piel

porque aunque incluso tus complejos huelan a lo que quiero que huela mi hogar

sigues estando más guapa sin ellos.

Háblame y no te calles,

y yo confesaré que la suma de dos labios no siempre es un beso,

y que tengo en la cabeza mil maneras de besarte sin tocarte

y aún más ganas de probar todas y cada una de ellas

contigo.

Háblame y no te calles,

y deja que tu voz espante a mis pesadillas,

y que sólo quede espacio entre mis sueños para alunizar en tus lunares,

por si acaso algún día la luna se diese por vencida.

 

Háblame y no te calles, aunque sea sobre complejos.

Háblame y no te calles, hazme callar tú a mí.

Háblame y no te calles, deja que sonrían tus ojos.

 

Háblame y no calles

 

o voy a tener que besarte.