Mirarte desde fuera de tu pecho (y sonreír)

Brindo conmigo misma porque tú ya te has marchado.
No creo que me veas sangrar,
y no te equivoques:
no creas que es porque hayan cerrado las heridas,
porque si no lo hubieran hecho descubrirías que tampoco quedan fluidos
en aquellas venas que sentía vivas por ti,
ni en aquellas lágrimas que ahora recorren mi cara
si acaso la risa me arranca la vida de puntillas.
Sólo hay polvo y la certeza de un latir
que este verano parece haber quedado congelado;
hay desgana y estacas escapándome del pecho
sin dejar su cicatriz;
hay mil cosas que hoy por fin
me atrevo a arrojarte sin órbitas ni rodeos,
pero no estás tú,
ni tampoco la pena que creí que merecías.
Brindo conmigo misma
porque tú ya no estás.
Y aunque estuvieras no quedaría espacio.
Y aunque lo quedase no querría que permanecieses.
Y si permaneciera, lo diría sin tapujos:
desnúdate de tus delirios de grandeza.

No eras para tanto.

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