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La nostalgia tonta pensando en aquel beso que pudo ser y no fue,

o el que fue sin poderlo,

o el que ni quiso ni se dignó a aparecer.

Los recuerdos que te atracan a punta de pistola

mientras paseas por tu mente un lunes a medianoche en que deberías tener

más lucidez

porque los días entre semana están hechos para la gente formal

(que me aparten de este mundo de lunes a viernes,

que ya me encargaré yo de revivir cuando convenga).

La inspiración tonta que te dispara el pulso,

casi como aquella conversación que logró hacer temblar

después de que hubieses derrumbado tus barreras antiseísmos

al ser cuando  menos esperabas terremotos.

Los interrogantes sin respuesta.

Por qué yo, por qué a mí o quizás por qué no.

La duda de si deberías estar conmigo esta noche,

la certeza de que no lo estás.

La certeza de que debería estar contigo esta noche,

la duda de por qué no lo estoy.

 

Y vuelta a los interrogantes,

al qué podría hacer yo para hacer de mis carnes tu refugio

y alimentar tus ganas de que sean mis labios los próximos que soplen sobre tu cuello.

 

La hora que es y no será.

Y lo absurda que resulta la vida,

si mientras mis dedos nadan para sostener a flote el corazón entre escombros

la oscuridad se dedica a engullir las manecillas

y este poema va perdiendo su sentido hasta en el nombre.

Cuentos atemporales

Nos convencen con sus cuentos de que los héroes

exploran,

aceptan,

sí  dicen,

actúan,

luchan,

sienten,

matan y mueren a cada intento;

y mientras el héroe hace, siempre tenemos a la princesa que

no se mueve,

no engorda,

no tiene vello,

no sale de su torre,

no critica,

no  escoge a su pretendiente,

no  reacciona y sólo espera.

 

Lo que no cuentan vuestras historias de mierda

es que a veces se dice sí por inercia o cobardía

y otras hay que ser mucho, mucho más valientes para decir que no.

 

Y si nos ocultáis un concepto tan simple,

no puedo imaginar cuántas mentiras más nos habréis contado.

Ru(t)inas

Podría ser de hielo pero entonces me volvería transparente,

y tus ojos hurgarían en mis entrañas como los dedos invisibles

que yo entrelacé en tu pelo a cada sueño,

y yo quedaría no sólo rota,

sino también vulnerable y sin opción a una respuesta

ni un cuchillo que clavar en tu espalda durante el mutismos,

ni ganas de hacerlo.

Podría intentar odiarte, pero no me haría sentir mejor.

Y sí.

Me faltaste y me falté y faltó claridad entre mis escombros,

y eché de menos tus palabras en mi yugular

e incluso una de esas conversaciones que nunca suelen gustarme porque un tenemos que hablar suele desembocar en un monólogo

abocado al desastre,

y tiempo.

Sobre todo, (me) faltó tiempo.

Pero quién sabe.

Quizás de haberlo tenido ni yo habría hablado de las raíces que mi cabeza

comenzaba a entrelazar en tus lunares,

ni tú me hubieses confesado que preferirías arrancarte cada mancha de la piel

antes que verme tramar mis cimientos sobre ellas.

Ahora los he enterrado bajo esa frustración que se ha hecho ru(t)ina,

ha abierto un hueco entre mis sábanas,

y me destapa cicatrices cada una de esas noches

en las que no quedan fuerzas ni para escupir palabras.

Y sé que cuando salga el sol recuperaré las fuerzas,

dejaré de autoflagelarme y las volveré a gastar

repartiendo a quien se acerque una medicina envenenada que no les pertenece a ellos,

sino a ti y a mí,

y me morderé la lengua e intoxicaré con el veneno del que me has sembrado la sangre.

 

A pesar de eso, nunca podría guardarte rencor.

Porque continúo pensando que ojalá no me sueltes.

Me da demasiado miedo que todo lo que he lanzado lejos rebote y explote contra mí.

Y aunque tus dedos quemen porque no sepan cogerme de la forma en que me gustaría,

al fin y al cabo siguen sin dejarle espacio al karma.

Polisemia

A ratos no recuerdo lo que es la poesía,

y olvidarlo

me congela el corazón como si enero aterrizase sobre mi sangre

y no quedasen más hogueras en la faz de este pecho yermo.

Y créeme si describo cómo es el frío del norte,

y créeme si te explico que ni siquiera alcanza.

Entiendo que cualquiera puede jugar a juntar palabras

y entiendo que cualquiera hace bailar versos en sus labios

y entiendo que cualquiera puede alargar el brazo y tocar un corazón,

pero no hablo de eso.

Hablo de

sentir que mis manos fingen ser otoño y otra ropa se disfraza de hojas caducas,

de encontar a quien hacerle amor por pensar que el cariño ya no es suficiente,

de la metamorfosis del gusano que vive en mi estómago

a una mariposa

y su aleteo provocando tales ciclones en mis silencios

que hagan que, por primera vez en mucho tiempo,

quiera callarme por oír a otra persona respirar.

 

Por si aún no lo has entendido,

 

quiero hacer esa

poesía

que no son mis dedos deslizándose en las teclas,

ni la intención planeada de que la tinta asesine a las hojas lentamente,

sino el roce no premeditado de los dedos aprendiendo un nuevo idioma al roce con una piel,

 

y de mi corazón

cayendo hasta morir

en el intento.

 

 

Montañas rusas

No sé si he inventado -sin saberlo- alguna suerte de máquina del tiempo

o si te reencarnaste en unos ojos que no te pertenecen,

una voz que jamás has escuchado por no ser de tu incumbencia

y una noche oscura que nada tiene que ver contigo o tu piel blanca;

pero has vuelto a demostrar esa estúpida manía tuya de seguir destrozándome cada una de mis vidas,

incluso sin derecho a hacerlo.

De repente estaba gritando

y ya no eran tus oídos los que sangraban por escuchabar mis reproches,

y tú me rebatías con el tono de anestesia local justo antes darme la puñalada,

en una estrategia que era la tuya aunque las cuerdas vocales no lo fuesen.

De repente intentaba recordarle cómo soy,

por primera vez, a unos ojos que me miraban como tú me contemplaste la última,

mientras ibas quebrando a partes iguales mis principios y tus promesas,

porque, aunque te sorprendas, otra persona suplicó que le dejase seguir fingiendo que éramos  sólo un juego.

De repente veía todo desde el altar

y regresaban el pánico y el miedo a las alturas,

aunque ya no eran tus labios los que besaban mis pies y los tenía bastante más sucios

por todo el camino que he recorrido desde que te marchaste.

De repente me ausentaba

y los mismos testigos mudos que un día pensaron que el silencio sobre nuestros crímenes

serían eternos,

descubrieron a otra persona buceando en unas metas

que mi antigua yo y tu antigua tú en realidad jamás compartieron.

 

Y de repente regresé a mí,

a la versión de mí que vive mejor sin  ti,

a la yo que no te necesita ni necesita a quien  te arrastre

a su memoria o a otro cuerpo o a una noche más

para sentirse bien o, al menos, no sentirse tan mal.

Y esa yo se ha destapado de mentiras,

ha cargado sus armas con el valor que ayer no encontró,

y ha regresado al campo de batalla,

dispuesta, esta vez sí, a matarte o a morir en el intento.

Porque no, mi amor, ya no te necesito si me merezco a mí,

y no me merecería si aún te necesitase.

Esta vez voy a darlo todo y me da igual dejar la voz para gritar

que no cambiaría nada sobre nuestras encrucijadas porque ahora lo tengo claro:

quiero que me quieran bien,

y tú ya demostraste hacerlo mucho pero mal.

Y eso ya no me sirve porque lo puede hacer cualquiera

y yo vuelvo a estar cansada de  personas corrientes a ratos

 

y

desniveles

constantes

con

sus

bises.

 

 

Atardecer.jpg

Para cuando llegues

Te tengo reservado un universo en el pecho,

una vida en el espacio que me sobra en los segundos que me faltas

y todo lo que podría llegar a ser si no intentase llegar a ser sin ti,

en la costumbre de echar de más,

m i n u t o  a  m i n u t o  c e n t í m e t r o  a  c e n t í m e t r o

de tu ausencia;

para mí sólo he guardado

un billete de ida destino a tus coordenadas,

maletas repletas de dolor para esconder tras tus besos si me encuentran

y un hueco junto a mis huellas para arropar a las tuyas en el camino de vuelta.

 

Fiera

Te han roto mil veces con sus ejércitos de moral invisible,

te han rodeado otras quinientas con pistolas que,

en vez de balas,

estaban cargadas con sus cánones para el amor

y así te han acostumbrado a vivir

con la música en los tímpanos,

la vergüenza tras las bragas

y el amor propio en los bolsillos.

Pero creéme si te digo que tengo un plan:

pienso besarte hasta que te acostumbres solamente

a sentir el mundo entre tus dientes

y mi corazón

entre tus piernas.