Harakiri

Me he mirado a los ojos,

he empañado el espejo,

he sonreído con desgana.

Ésa no soy yo.

 

Quien me mira es el tipo de persona

que parece dejarse embrujar por una ciudad que aprieta y finge aflojar

sólo para apretar más fuerte cuando retomo el aliento;

la que se se disfraza de reencuentros y rutinas envasadas al vacío,

sin comprender que  en el frío los sentimientos se conservaban mejor.

Dame un punto de apoyo e intentaré derribarla:

estoy cansada de que me engañe con su falso calor,

de que me haga desnudarme de corazas sólo para hacerme bajar la guardia

y que el próximo harakiri alcance puntos todavía más vitales.

Quizás  si me dieses un punto de apoyo me derribaría a mí misma

(como no me canso de hacer una y otra vez).

Creo que no he aprendido a batir las alas de manera que se perciba el movimiento,

y dime entonces de qué sirve volar si no lo hago tan, tan lejos de aquí

como sueño con volverlo a hacer.

Que no es por ti, que es por mí,

pero tu presencia me atraganta mis errores en la tráquea

y tu cercanía enquista mis desaciertos entre pulmón y pulmón.

Y no.

No es tu culpa.

 

Es solamente que de mí aún no sé cómo escapar.

 

Telarañas

No me rompo por nadie.

Y no es una amenaza,

sólo intento sonar convincente.

No sé si contigo, conmigo o con mis letras,

para pedirles que vuelvan

y que lo hagan sin dejarme este nido de cuervos en el pecho.

Qué más da.

He aprendido que el amor es un tablero sin ganadores para mí,

porque cada vez que decido jugar

tú escoges desertar esta partida.

Mejor.

Menos muertos, menos desperfectos, menos yo.

Mientras, esta ciudad vuelve a atraparme entre sus garras,

y cada segundo sin más intención que pensar

se dedica a escupirme sin marcar con su saliva mi camino

para que regrese a mí.

Sólo sé que no me rompo por nadie.

Y es una realidad.

Las manecillas que doblo sin remordimiento acaban de recordarme

que llevo tanto tiempo rota que apenas me he dado cuenta

de que me seguía doliendo.

Ahora sólo evito el pánico del tóxico en mis pulmones,

y disfruto de esos golpes que han aprendido a  deslizarse entre mis fragmentos

sin apenas rozarme.

Vivir para respirar, volver a fluir, crecer para madurar.

 

Lo demás se lo dejo al tiempo.

Incluso a sabiendas de sus diez mil puñaladas.

Madrid

Tengo ganas de morderla con las uñas,

recorrerla de puntillas lamiéndola con los dedos,

arañar el caos en mis silencios devastados,

abrazarme a sus colores y a su vida y desgastarla

al recargame.

Muero por toparme con sus muros invisibles,

con sus mil desconocidos y sus mil nuevas sonrisas,

con las calles preñadas de desacertadas conjeturas

y ojos en los que perderme si no me encuentro en los míos.

Necesito reinventarla en cada nombre,

en cada verso,

en cada nota,

en cada mente que pretenda descifrar,

cada vida que no sea la mía

y cada latido que no me pertenezca.

Quiero abrir los cielos y sus nubes y humos

para pintar de colores lo que hasta ayer fue gris

y que encajen tus alas cuando quieras batirlas

sin que siquiera requieras molde, atadura o cadena.

Y que vueles tan lejos como quieras.

 

En cada aterrizaje,

Madrid volverá a envolvernos con su pelo laminado

y acogernos con su magia rebosando en las costillas.

 

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A ver cómo te lo cuento

Dicen que no se vive ilusiones,

y es verdad,

pero yo respiro más libre imaginando que a ratos también me piensas.

Por eso he sustituido los miedos por mapas de tu mente

para poder quemarlos todos

y empezar a explorarnos desde cero,

y acelerar hasta alcanzar los mil por hora

y quizás estrellarnos

y disfrutar del golpe.

Aún sin rozarnos las miradas

sé que tienes dos océanos bajo las cejas

y sueño con ahogarme en ellos más a menudo

de lo que debería.

Pero no huyas,

que esto acaba de empezar,

no huyas antes de escuchar

que tengo unas cuantas flechas y muy mala puntería

pero estoy comenzando a practicar,

a ver si (te) acierto.

Porque de verdad lo necesito.

Y a ver.

A ver cómo te lo cuento:

sé que no te conozco,

pero siempre he vivido enamorada del misterio.

“Cuando llueve siempre crece algo bonito”

Tú que llevas por bandera esas palabras,

que las conclusiones más bonitas

nacen de las malas experiencias,

deberías saber que estoy empezando a creerlo.

 

Y es una pena que a veces la merezca,

que sea cuestión de perspectiva, tiempo y golpes

(a menudo del corazón,

pero a veces hasta la lógica decide revolucionarse).

Pero así es como crecemos cuando no queda aire en los pulmones

para soplar una sola vela más.

Te diré  lo que aprendí

de ese beso imborrable por transpasar mi  coraza;

del estallido de fuegos artificiales en mi pecho que prendió una sonrisa;

de los brazos rodeando mi esqueleto sin dañarlo;

de las rosas sin espinas y las olas navegables:

 

nada.

 

Como si la felicidad produjese alergia en mis letargos,

y sentir y aprender fuesen incompatibles,

y tuviera que escoger entre uno y otro

a cada beso prestado.

 

No estoy hecha de esa pasta,

no.

Soy más de estar más formada a base de pedazos,

mis tatuajes de pequeñas cicatrices,

y  lo que respiro de lo que nunca hice o,

incluso más,

de aquello que nunca hubiese querido hacer.

Soy

del beso que se tornó en dentellada hasta hacer sangrar mi boca;

de la dinamita estallando en mis pulmones por la ausencia;

del esqueleto que rodeó mi cuerpo y me clavó sus costillas;

de las espinas que se clavaron y las tempestades a las que no sobreviví ni a base de un boca a boca.

Soy de lo que no quisiera ser,

estoy en donde no quisiera estar de no ser porque soy lo que soy por ser lo que soy y estar donde donde estoy,

y no me preguntes a qué me refiero

porque (me) he perdido tanto que ni sé lo digo.

En realidad sólo venía a contar lo que he aprendido

para que entiendas mis condiciones:

si vas  a quererme, hazlo sin intereses,

que si es con intereses no me interesa ni lo quiero

porque el cariño no entiende de esas cosas.

 

Y si tú no lo comprendes,

quizás el cariño a ti tampoco.

Así que me iré sin despedidas ni veneno ni ruido ni cuchilladas:

ahora que me quiero más de lo que nadie lo hizo

he descubierto que el corazón no debería ser carne de cañón

ni la felicidad un asunto negociable.

Confesión a dos bandas

Juro que estoy intentando remendar para mi talla

esos guantes que llevaba años sin probarme;

y juro que es sólo por sujetar la espada

que mantiene esa presión entre tu cuello y la pared.

Compréndelo:

es complicado sabiendo como sé

que el arma es el brillo de tus ojos,

y el olor de tu pelo,

y el vértigo que me produce imaginarme de nuevo en tu colchón

para decirte al oído que quiero que te sientas plena sin mí,

y que mi cuerpo a tu lado sólo una excusa

para que estalles cada vez que reboses de ti misma.

Y a pesar de todo eso,

tengo una certeza que me congela los pies:

quiero hacer poesía contigo,

y los poemas no existen para estar rotos

por mucho que me describan cada vez que estoy en ruinas.

Apenas te lo digo mientras recojo los trozos

de los últimos versos que rompí sin remordimiento.

Pero qué va a explicarme el refranero del “más vale”,

si contigo me estoy portando mejor de lo que sé hacerlo;

si ya estoy lista para soltar mis mil aves y aferrar sólo tus besos (y sólo si tú quieres);

si decidí emigrar por dejar atrás hasta la última de de sus palabras;

si he esperado tanto, tanto, que creía que nunca era lo único que sabía pronunciar

Y he descubierto entre brisa y brisa que, realmente, más vale tarde:

cuando ella se va, yo ya he vuelto,

y no es una metáfora,

es sólo que destilará lejos nuestro veneno

y yo vivo conteniendo gritos de alegría

por saber que si te riego las pestañas lo haré con una botella de vino compartida.

 

Ya se lo dije hace unos siglos

(No) nos (lo) merecíamos.

No he cambiado de opinión respecto al texto,

sólo he reinventado su esencia.

Por si aún no lo entendiste,

borra el segundo paréntesis.

Me he cansado de esconder mis cartas bajo la mesa.