Los monstruos de debajo de mi ca(l)ma

Hoy,

por primera vez en mucho tiempo,

me aterroriza dormir sola.

Quizás sea por mirarme al espejo y sentirme tan igual y al mismo tiempo diferente;

tal vez porque el reloj del tiempo ha encontrado horrorizado su primera cana;

puede que porque cuando sonó esa canción lenta,

que hubiera matado por bailar con la cabeza apoyada tu hombro,

tú ya te habías marchado.

A lo mejor es,

simplemente,

porque puedo dormir sola,

y sé hacerlo,

y, a ratos,

incluso quiero.

Hoy no es uno de esos ratos.

Hoy tengo miedo.

Y no es un miedo racional,

la clase de miedo que te asalta cuando piensas en lo desconocido,

el que te acelera el corazón tras cada pesadilla

y te abrazaba al pensar en los monstruos del armario.

Hablo del miedo a lo conocido;

a lo, de hecho, tan conocido,

que sabes que podrías vivir con ello,

pero sólo a corto plazo.

Hoy tengo miedo.

Y no hablo de esta noche,

sino del futuro.

Me tiemblan las entrañas si lo pienso,

y las piernas al notar el hueco frío en el colchón.

Así que ráptame ,

sácame de aquí,

sálvame de mí misma.

Aunque sea en mis sueños.

Rozando los 21

Fuiste la primera.

Íbamos de la mano cuando moviste ficha

y tus labios sentenciaron una frase que me hizo vieja.

Alguien más caminaba a nuestro lado;

ojalá recordase quién.

Significaría tener un recuerdo más aparte de ti,

un recuerdo que no estuviese contaminado por mi mala memoria y años de locura,

siempre al borde del precipicio.

Pero de esa noche sólo recuerdo que fuise la primera.

Y no.

Ni la primera en besarme,

ni la primera follarme,

ni la primera en rozarme el corazón

(porque, y creo que lo sabes,

jamás llegaste a desnudarme más allá de la ropa).

Fue sólo una felicitación.

Pero no es poco:

cada día del año encuentra en la palabra “reto” su sinonimia

y en aquel momento exacto me pareció que serías mi meta

en todos y cada uno de ellos.

Veinticuatro horas más tarde,

el embrujo se había vuelto a romper.

Sólo regresaría después de cada orgasmo,

disfrazado de plenitud,

para volverse a marchar junto a tus piernas

hasta la próxima ocasión en que todo fuese de nuevo igual.

Quien nunca más volvería a ser la misma sería yo.

 

Me dejé camino al norte los trofeos que añadí a mi vitrina a cada beso,

las sogas en las alas,

y muchas, muchas, muchas ganas de seguir besándote.

Porque hay quien cree que madurar consiste en el agobio de no llegar a fin de mes.

Para mí, madurar consiste en aprender no agobiarse por no tener con quien hacerlo.

Aplicar ese mejor sola que mal acompañada,

porque puedo quererme mejor de lo que nadie lo haya hecho nunca.

Y, la verdad, no se me está dando mal.

Ahora que rozo los veintiuno,

me he vuelto a prometer no apostar ni  uno solo más por ti.

Formas de autoinmolar el corazón

Viaja.

Viaja lejos,

huye de lo que te rodea.

Huye de ti.

Redescúbrete hasta descubrir que no eras quien creías ser,

pero que ahora crees ser quien has descubierto que debías.

Cambia hasta crecer,

crece hasta madurar,

madura hasta comprender que la inmadurez es necesaria para madurar.

Déjate hacer el lío.

Comete, al menos, una locura

(detrás de otra).

Comparte todo lo que tengas,

genera recuerdos que puedas compartir tras cada

espera, que te llamo. Me apetece oír tu voz.

Pero aprende a respetar tus propios silencios.

Encuentra tus límites en ellos.

Encuéntralos y destrúyelos.

Cruza cada línea.

Hagas lo que hagas, hazlo especial.

Ríe, llora, grita, corre, canta, baila hasta perder el sentido.
Vive.

Intensamente.

Hazte inmortal.

Y déjate llevar.

Desnúdate con la ropa puesta.

Deja que te tiemble el alma cada vez que alguien la roce.

Enamórate,

no en el sentido romántico.

Al fin y al cabo,

idealizar el amor es sólo un ideal,

y las heridas siempre acaban cerrando.

Genera heridas que jamás cicatricen.
Enamórate cada día de tus lugares,

de tus amigos,

de tu rutina.
Enamórate de quien te rodea.

Y cuando el pecho vaya a estallarte,

márchate.

Márchate siendo otra persona formada por todas esas a las que te has cruzado alguna vez.

Nunca olvides.

Nunca dejes morir cada uno de esos recuerdos.

Probablemente es la forma más rápida

si lo que buscas es inmolar tu corazón.

Probablemente nunca te recuperes de esa herida de guerra.

Probablemente te des cuenta de lo que es vivir.

Probablemente no te arrepientas.

Probablemente merezca la pena.

Mensajes cifrados

te aseguro, con esta

extraña seguridad

 

que nace cada vez que te miro, que a ratos

uso las palabras de forma diferente para no dejarte

indiferente a ti. Tal vez y sólo tal vez,

en esta ocasión se trate de entender lo que a

ratos grito y ahora digo a susurros.  Y de leer en vertical. Que los

ocho tumbados están muy vistos. Que a quien quiero tumbar es a ti.

Gusanos y espejismos

Sé que tienes miedo,

que mi cuerpo descubierto sobre tu cama

te asusta más que los monstruos que se esconden bajo ella.

Yo también cargo con mis propios demonios,

e irónicamente mis pesadillas me hablaban sobre tu luz y no sobre ellos,

hasta que me di cuenta

de que soy capaz de sonreír a otras sonrisas

y que soñar contigo sólo era un intermedio entre vacío y vacío.

Qué extraño sentirse de golpe tan plena.

Y a pesar de esta confesión

también necesito que sepas estas ojeras no tienen fuerza para sostener unas pupilas

que sólo sepan clavarse en ti.

Los gusanos nunca serán mariposas,

sólo son eso,

gusanos,

seres blancos y blandos y retorcidos que me devoran las entrañas

cada vez que me siento perdida y partida y podrida.

Entiendo de cansancio y de morir por dentro y de asistir a mis entierros

cada vez que algo se rompe y yo me rompo;

entiendo de amor y de fuegos y de guerras;

pero no entiendo de ti,

y espero que lo entiendas.

No soy quien fui, y tú tampoco eres quien fuiste

aunque durante cuatro días fuese un planeta girando atraído por el embrujo de tu risa.

Fuimos sólo un espejismo,

porque a ratos todos necesitamos creer en un oasis

para que, si acaso nunca encontramos un vientre en el que dormir,

siempre nos quede la esperanza.

Pero ni siquiera ella es motivo para saltar.

Deja de temer.

Que, si acaso en algún mundo hipotético lo hicieras,

ni me plantearía seguirte.

Diamante kamikaze

Kamikaze, suicida,
viva por huidiza,
de milagro,
tirando los trastos al traste,
lista para el arrastre,
preparada para volver a saltar.
He sobrevivido tantas veces a veranos de hielo bajo la piel
que aún me niego haber cedido
al invierno más frío de mi vida
por tener el pecho ardiendo.
He saltado tantas veces
y creído que nunca podría salir de ciertos ojos
que ahora tengo el corazón blindado
a prueba de (tus) balas.
Es por eso por lo que he venido a clavarte las pupilas,
y los dientes,
y las garras,
por verte otro día y rogarte
que si voy a ser tu suerte,
seas tú mi mayor desgracia.

Incienso y tabaco

Qué esperas que te diga,
si ponerle palabras a mi voz
y nombre a los sentimientos
ya me produce hasta miedo.
Si mis labios aún viven en aquel primer beso,
mis manos en tus primeras cosquillas
y mi cabeza
en tu risa y en tu sexo y en tus ganas.
Qué sabrán ellos del tiempo,
si no te han conocido como si lo hiciesen por segunda vez,
ni como si fuera la primera cada vez que te miran.
Qué sabrán ellos de ti,
si no les han bastado siete días para entender
que tú eres tú,
yo soy yo,
y hay un pedazo de ti que necesita ser tú sin mí,
y un pedazo de mí que necesita ser yo sin ti,
pero que también está ese trozo
(pequeño pero intocable)
que no sabe ser tú sin mí,
y ese otro que no sabe ser yo sin ti
porque no habla otro idioma
que no sea el nosotras.
Y que amo cada una de esas piezas.
Y que siento el trabalenguas
pero es que te has llevado la calma
y sólo quedan retazos inconexos
de las cosas que aún no te he dicho.

Aún así,
mi habitación sigue oliendo a incienso y tabaco,
y tengo miedo de abrir las ventanas
por si no queda entonces rastro de tu presencia.
Porque cuando realmente te vayas,
no es que no quede nada.
Es que quedará tu ausencia.
Y es tan fría que duele cuando me abraza.