La culpa nunca fue tuya

El problema contigo y las cursiladas,

con las venas inyectadas en miel y saliva;

con las pupilas puestas en ti para verte reír;

con tender la mano por si quieres agarrarme el brazo

(e incluso sacarme a bailar:

incluso sin ritmo,

incluso sin alcohol,

incluso sin música)

es que tú siempre fuiste más de salado.

 

Miento.

Perdón.

Rectifico.

 

El verdadero problema son mis ganas,

que aún no han aprendido a conjugarse con tu a ratos indiferencia

ni a interpretarte

entre indirecta e indirecta.

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