La bestia

Silencio.

No hagas ruido.

Ha llegado la bestia.

No de vuelta, sólo es ida:

ahora que está en casa me he estancado

y me crecen más alas en las intenciones que en los “qué hubiera pasado”.

Ahora que estoy en casa he naufragado

y vivo enamorada del iceberg que me he hizo despertar de tanto daño.

 

Silencio.

No te muevas.

El monstruo al que no dejaste entrar se siente libre,

y se arranca de la carne tus agujas,

y muerde tus cuerdas,

y araña tus memorias,

y juega con los versos

y por primera vez no hay daño,

porque ya no necesita su sangre como tinta.

Y escarbando en su memoria con las uñas impregnadas en morbo

al fin descubre

que el dolor es adictivo sólo cuando tú estás cerca.

 

Silencio.

La bestia está en casa.

No respires.

No la espantes.

Porque ya ni me importa que te muerda;

pero ahora le temo a que se vaya.ilZxYfe4.jpg

Ilustración de @pablo_dinosaur

Bancarrota emocional

Soy a tu amor
lo que un banco al desahucio:
ya no te necesito,
y me escondo disfrazándome de mis leyes internas.
Soy el explotador al niño de cinco años africano:
dime qué es la moral
si no es palpable y se tasa diferente en cada sitio del planeta.
Soy la empresa al parado-asalariado:
dime si cuestionas o acatas mis normas y te diré qué eres.
 
Y, a pesar de todo, no te vayas.
No te vayas,
que contigo sólo soy peor persona,
pero sin ti ya ni existo.
Que echo de menos (ignorar) tus esfuerzos;
comerte la mente;
perder la cabeza y tomarte la cabellera entera,
pelo a pelo;
gritarte en mis días de mierda;
hacerte creer que te quiero si merece la pena.
Valoro los beneficios de tu ausencia,
y aún hoy no sé si me renta(s).
 
Con el frío, las vacas flacas;
con la delgadez, la decadencia;
con la caída, la conciencia,
La aparente solamente:
ya ando buscando el contrato para blindar esta puerta
y no volver a congelarme.
 
Aunque tú te quedes fuera.

También hay que saber perder

Tú eras más de poesía,

de café caliente,

de seis caricias acústicas vibrantes.

Yo de cometer locuras,

de cerveza fría,

de ritmos galopando en el cerebro.

Buscabas la salvación entre las cuerdas

(año a año,

vida a  vida),

y yo sólo quise enseñarte que volar no siempre duele,

aunque ni yo lo sabía

hasta prender tus caderas.

Lancé mis dardos y tú ni te inmutaste.

Subí la apuesta y tú ni te enteraste:

Te invito a ser mía o sin ti quizás me aleje.

Esta noche fría y distante

el estrecho colchón se antoja un inmenso páramo sin tu arte.

Volveré a por ti, lo juro.

Como vuelvo cada noche a los sueños rotos,

las ilusiones quebradas,

las metas que me lesioné antes de alcanzar.

Aunque sea para volver a marcharme nuevamente.

 

Que ya sabes lo que dijo un cantautor:

nada sabes de la vida si al vivirla nunca pierdes.

Espacios en blanco

Incluso los márgenes te han guardado un resquicio;

ven pronto,

quizás buscando calor en este cuerpo de cristal.

Ven.
Abrázame antes de que nos apaguemos.

Yo arrancaré un pedazo al tiempo por pensarte

y tú, mientras tanto,

me harás nuevas heridas.

Estas cicatrices ya se sienten como el café frío,

suenan a tu pelo en la distancia,

huelen a tu voz en el silencio,

saben a tardes olvidadas de descubrir causas y cubrir las excusas.

Ironía es que,

en el hueco entre mi corazón y tus labios,

siempre cupiesen las dudas.

 

Excepto cuando te besaba.

 

Ahora se me tiñe de pánico la mirada

si me asalta a mano armada un recuerdo que bese como tú.

 

No te alejes

otra vez.

Y si te alejas,

acércame el reloj, que arranque sus manecillas.

Quizás si logro engañarme

también los segundos crean este gran embuste:

que te escribo y no es por miedo a recordar olvidarte

sino por aún te echo de menos.
Que estás en los márgenes, pero nunca en el margen.

 

Miss Nadie

Y ya ves quién soy, la Miss Nadie a quien no querrías al lado. Ni escribirán una película sobre mí, ni compondrán unos acordes que me narren porque ya ni me rozan los verbos ni me sobra aire para tanto hilo. Y quién sabe. Quizás si te adentrases en mis silencios descubrirías que me necesitas cerca: sobre ti para tener alguien a quien odiar; bajo tus pies para poder pisarme; delante para que haya quien tire de cada pausa o tras de ti para que siempre haya quien te recoja. Pero nunca al lado. Sólo cerca pero ausente, corpórea pero imposible de tocar. Tal vez si me vieses desearías besarme, cruzarías la sala con paso firme y me invitarías a una copa. Tal vez dos. Y bromearías. Y me regalarías los oídos con envoltorios sedosos, y enredarías mis caderas con dedos de filigrana. Tal vez incluso soñaríamos en sexo. Sé que lo estabas pensando. Yo también. Pero qué vacía, qué inocua, qué poco sucia suena para mí esa palabra. Puede, y sólo puede, que entonces inventara un lenguaje sin palabras, el mismo que nunca usamos para hablar de aquello en lo que no creemos, y te deslizaría en tu oído mis condiciones.

Si vas a mentirme con guarradas, dime que me quieres.”

 

Porque, ya ves. La Miss Nadie a quien no querrías al lado sí necesita a alguien junto a ella. A alguien capaz de hacerle creer hasta sus propias mentiras.

Recuerdos de perdurabilidad limitada

Nueva piel,

nueva vida,

nuevo hogar.

Lo mejor de que tú no estés en él es precisamente eso:

que tú no estás en él,

como tampoco lo está tu recuerdo.

Sólo hay espacio para mí,

y ahora puedo incluso respirar ligero

Quizás antes me asfixiara en el qué somos,

ya sabes lo que dicen:

tres son multitud

y tus miedos, mi ego, tú y yo

nunca supimos de contorsionismo.

Tal vez incluso siendo dos faltase espacio

y sobrasen motivos y personas.

Yo decidí elegirme,

y ya no hay burbuja, ni mantas escondiendo el mundo entero, ni zona de confort entre lunar y lunar, ni dedos bajo la tempestad,  ni cuerdas locas por sonar bien en tus palmas,

pero, al menos, me estoy recuperando a mí.

Poco a poco,

descubriendo que en mis propias pestañas

también puede dormir el equilibrio si las mezo.

Escogí no esconder el corazón a prueba de flashes y niños desobedientes,

y aprendí que el hormigueo en el estómago no eran mariposas:

era sólo hambre de morder el mundo entero.

El mismo que aparece tras cada caída libre.

 

No te lo tomes como algo personal,

que esta conversación es sólo apta para corazones.

Así que araña mis restos,
 
rescata la superficie de quien fui entonces

de entre los resquicios que hoy se miran al espejo cada día,

mírame a la cara y dime:

¿quién es la cobarde ahora?

Puede que así te explique

por qué decidí alejarme,

aun sabiendo que la distancia podría (a)t(r)aparte

y hacerlo mejor que yo.

Siendo sincera,

a mí ya me ha (a)t(r)apado.

Justo ahora que empiezan a enfriarse mis manos
(y algo más; tal vez sean los sentimientos).

Pero al menos ya no tiemblo si te pienso

(cada una de esas sesenta veces por minuto).

Ahora hay calma.

Ahora sólo me encojo por el frío del invierno.

Aunque,

a diferencia de a ti,

a él sí que lo esperaba.

Recuerdos de perdurabilidad limitada

Nueva piel,

nueva vida,

nuevo hogar.

Lo mejor de que tú no estés en él es precisamente eso:

que tú no estás en él,

como tampoco lo está tu recuerdo.

Sólo hay espacio para mí,

y ahora puedo incluso respirar liviano.

Quizás antes me asfixiara en el nosotras,

ya sabes lo que dicen:

tres son multitud

y tus miedos, tú y yo

nunca supimos de contorsionismo.

Tal vez incluso siendo dos faltase espacio

y sobrasen motivos y personas.

Yo decidí elegirme,

y ya no hay burbuja, ni mantas escondiendo el mundo entero, ni zona de confort entre lunar y lunar, ni dedos bajo la tempestad,  ni cuerdas sonando bien bajo las palmas de esa loca,

pero, al menos, me estoy recuperando a mí.

Poco a poco,

descubriendo que en mis propias pestañas

también puede dormir el equilibrio si las mezo.

Escogí no esconder el corazón a prueba de flashes y niños desobedientes,

y aprendí que el hormigueo en el estómago no eran mariposas:

era sólo hambre de morder el mundo entero.

El mismo que aparece tras cada caída libre.

No te lo tomes como algo personal,

que esta conversación es sólo apta para corazones.

Así que araña mi superficie,

rescata los restos de quien fui entonces

de entre los resquicios que hoy se miran al espejo cada día,

mírale a la cara y dile:

¿quién es la cobarde ahora?

Puede que así te explique

por qué decidí alejarme,

aun sabiendo que la distancia podría (a)t(r)aparte

y hacerlo mejor que yo.

Siendo sincera,

a mí ya me ha (a)t(r)apado.

Justo ahora que empiezan a enfriarse mis manos
(y algo más; tal vez sean los sentimientos).

 

Pero al menos ya no tiemblo si te pienso

(cada una de esas sesenta veces por minuto).

Ahora hay calma.

Ahora sólo me encojo por el frío del invierno.

Aunque,

a diferencia de a ti,

a él sí que lo esperaba.

Sin seguro a todo riesgo (y quién lo quiere)

Por volver a pronunciar tu nombre en blanco y negro y sentir que eres tú quien colorea mi voz;

tenerte enfrente y notar que tu mirada cincela sin quererlo mi sonrisa;

disimular cuando estás cerca el pensamiento de que nunca lo estás suficiente;

desear que ensordezcas y así se haga invisible la orquesta a la que doy cobijo en mi pecho si chasqueas las pestañas;

no desear la muerte a nadie salvo a las horas que respiran para pasarlas a tu lado;

 

y, en  definitiva, por volver a estar viva,

(y sólo por eso),

quiero que vuelvas.

Que aun dejando en el intento los labios, los colores, los despistes, los oídos y

hasta el caparazón por no volver a escuchar al corazón partirse

(incluso sin intentos,

incluso sin tenernos)

sólo por asomarme a tus ojos

 

 

todo riesgo merece la pena.

 

Caprichos de entretiempo

Volar bajo las plantas de tus pies,

jugar al escondite en los salientes de tu pelo,

gemir en tus silencios y callar en tus gemidos,

silenciar tus murmullos con los dientes en tus labios,

humedecer tus sequías y secar las primaveras en tus ojos,

pensarte cuando no pueda sentirte y, si te siento, ser incapaz de pensar.
Vivir contigo,

porque ni sé ni puedo hacerlo sin ti

(mentira:

claro que sé y que puedo, pero no quiero)
Despedirme con un grito

(los besos están muy vistos)

saludarte con un gesto

(un abrazo, por ejemplo).

Y volver a chillar  por saber que te volveré  a ver.

Una

y

otra

vez.

 

Jurarte que no volveré, de verdad que no volveré.

Confesarte que lo sé solo porque no me fui.

Prometo que nunca me fui.

 

(No) nos merecemos (esto).

Y punto.

 

Cuando te echo de menos y apenas te he dicho adiós

Me siento tan,

tan rota,

que ni Roma se aproxima a mis grietas porque teme contagiarse de ellas.

Tanto,

que ni uniendo hasta el último fragmento

me contemplarías entera.

Soy,

más que las piezas,

el abismo que separa cada una de ellas.

Y tú me empujaste,

pared con disfraz de abrazo,

y caí sobre mí misma,

y se reabrieron mis ruinas.

A pesar de estar resquebrajada lo intenté.

Juro que lo intenté.

Cada trozo de mí lo intentó a tu manera.

Pero cómo creer en algo que ni tú demuestras,

si al ofrecerte mis alas decidiste vestir luto y emprender tu propio vuelo.

Al menos,

te redimiste en la ausencia de voluntad

(o eso decías. Yo lo dudo. Y si quieres más detalles, pregúntale a tu conciencia).

 

Y seré sincera.

Prefiero que te hayas ido si no sabías estar.

Yo estaré,

porque estoy llena de estaciones de tren sin maquinaria

que esperan aún tu regreso.

Prefiero que te hayas ido.

Pero siempre fui ruidosa,

gritando en la despedida hasta quedarme ronca.

Para que no creas (también) en el convencionalismo

de que las despedidas son siempre silenciosas.

cargadas de besos,

falsos te quiero,

y consuelo en el fracaso.

Yo te quise a mi manera,

y te quise tanto,

que supe que en un adiós a voces y no a-brazos

siempre guardarás mi despedida (por distinta)

en tu memoria.

 

Move on,

te repetí mientras dolías.

Y lo dije en otro idioma porque en el nuestro nunca supe expresarlo.