Mi pequeño rincón

Aprendí aquella canción

para bailarla contigo

y acabé danzando al ritmo que me impusiste.
Y no era lo mismo aunque sonara igual.
Yo

sólo una marioneta entre mis líneas;

la mano que guiaba cada verso.

La libertad fue mi segunda amante,

pero tú siempre supiste atraparme con más fuerza.

Mordiste mis labios y manchaste de vida mi pecho,

dibujaste una jaula predicando el amor sin ataduras.
Me hiciste entrar en ella.

Ahora que abro mis alas,

he escogido vender mi alma al tiempo y al azar,

ni sé qué hago,

ni quién soy,

ni a dónde voy.

Y nunca me ha importado menos esta incertidumbre.

 

Ahora que suena la canción que aprendí para bailar contigo;

ahora que te siento tan lejos como cerca me siento a mí;

ahora que he descubierto que volar en solitario hace el peso más liviano,

 

he decidido cambiar de melodía.

¿Y qué hay después de la calma?

Al fin ha vuelto la paz.

 

Como fotos capturadas en el momento inesperado,

caricaturas de avión,

rayos de sol de entretiempo

o tormenta en pleno agosto.

Noto arder mi garganta

a cada trago de café frío directo a este estómago

deshilachado,

tratando de recomponerse a cada vals de ritmo aguado.

Si bien antes me moría por la pena

hoy la falta de paciencia va acuchillando mi espalda.

Y yo,

mientras,

me  entretengo

jugando a reconstruirme entre horas que se escapan.

No es que el caso sea quejarse,

es que hablo de estar viva.

Así que, si me preguntas,

no te extrañe si me encojo

suspiro hondo,

cruzo los dedos,

pronuncio un nombre

y confieso

que

soy más de tempestad.

Al menos allí me encuentro

por cada vez que he perdido.

Sin rumbo (y quién lo necesita)

Dejé de ir encontrando los finales

conforme iba perdiendo los principios:
la vida es una montaña rusa y los mapas
no entienden
de inclinaciones.
Y mi brújula está rota,
y no tengo sur ni norte,
norte o sur:
fui dejando en tus costillas
cada oportunidad de acierto.

Incluso
cada
intención
de
no
fallar, fallarte y hasta fallarme.

Quizás haya desaparecido hasta el miedo
(y tal vez sea eso lo único que necesitara
para empezar a arriesgar).
Sólo quedaron las dudas.
Aún no sé si disparar, preocuparme, sonreír, asomarme a otro corazón, saltar desde una cicatriz o

simplemente

destapar otra cerveza.

Lejos

Ahora que no podemos

clavarnos los cuchillos en la cara

ni acertarnos cada dardo en las espaldas;

ahora que cada kilómetro parece un año

y cada día un kilómetro;

ahora que casi no escribo

porque casi ni siento

porque casi ni me muero

segundo a segundo;

ahora que todo ha dejado de estar

bien y mal al mismo tiempo todo el rato

para estar mal y bien sólo a ratos y sin tiempo;

ahora que he sufrido agujetas en las alas

y comprobado

que duelen menos que las telarañas;

ahora que me he ido a medias,

como siempre prometí que haría,

y he descubierto que la vida hay que vivirla por completo…

 

Ahora he decidido que me marcho del todo.

Volverán

Vivo en mudanza constante.
Y los muebles, me preguntas

-aunque ni siquiera te interese-.

Los muebles van dentro,

todos ellos.

Casi todos ellos.

Faltan los cajones de esos calcetines que calentaban mis pies.

Los únicos capaces de hacerme salir del frío,

no diré entrar en calor:

eso pilla demasiado lejos.

Y lo sé.

También he extraviado los cuadernos,

y las palabras,

y los recuerdos,

y las verdades,

y los motivos.

Hasta tu voz.

Pero quién sabe: quizás sea mejor así.

Yo sólo soy consciente de que hace frío

y no estás,

de que las mentes son opacas

y mis ojos transparentes

y de que la música sigue sonando

y en mis armarios

tampoco quedan ganas de bailar.

Cuenta atrás

Cuando quieras darte cuenta,

ya se habrá marchado.

Lo hará junto al aroma a agosto caluroso;

a libros viejos de aquel curso pasado;

junto a la marca de henna que dibujaste en tu vientre;

lo hará como lo hacen los recuerdos,

los miedos,

los rencores

y hasta los amores.

Porque sí.

Siento decepcionarte,

pero el Amor tambén se va.

Quizás sólo te des cuenta cuando ella se haya marchado.

Tal vez lleve en su equipaje tu capacidad de sentir.

Al menos,

con esa intensidad

con la que se viven los sueños en verano.

Siempre nos quedará la poesía

Leyendo a Neruda

en tu voz bailan trémulas las calles.

El regreso se convierte en una danza

próxima a la madrugada

y compartimos el peso

de recuerdos que enredar en los cabellos.

Sopla una brisa dulce

(y no es tu risa, aunque podría)

como si en este momento

la perfección acudiese conjugada a tus labios.

Qué noche más ardiente.

Qué extraño no quemarnos.

Tú, niña caprichosa,

has decidido cansarte de leer el universo,

y despotricas contra quienes convertimos

los deseos en palabras.

Yo te rebato,

impasible:

algunas vidas existen

para vivirlas en sueños.

Y tú insistes,

y ya dejo de escucharte.

No gastes saliva si no es para

besarme:

lo contrario no encontrará hueco alguno en mi memoria.

Con los honores cedidos,

escojo esta última banda sonora.

Sueno pop (dices, y ríes);

y suena porno (pienso yo)

en mi cabeza el oírte respirar.

Caminamos de puntillas sobre los imprescindibles:

te cambio mi falso equilibrio por tu orgullo.

Para no olvidarte (como si pudiera hacerlo).

Y ahora,

hablamos de perdernos,

planeamos asesinatos,

y huímos al fin del mundo en esta noche vieja y rota.

Vamos a escaparnos.

Aún estamos a tiempo.

 

Minutos después, dejamos de estarlo.

Y los portales oscuros son los últimos de testigos

de mi verdadero crimen:

no querer dejar que te quedes;

desear no dejarme ir.