Complicado

La dificultad,

hambrienta,

se escondía tras cada esquina

y devoraba nuestras cabezas;

las ganas siempre encontraban

su sitio dentro de nuestro sofá.

Saltamos cada tejado,

cada espacio,

cada tiempo,

caímos en agujeros,

resurgimos bocabajo

y disparé a bocajarro  justo en mitad de tus labios,

sin plantearme un instante

ondear la bandera blanca entre tus brazos.

Te declaré cada guerra y nos hicimos el amor,

te declaré mi Amor y nos hicimos la guerra

y siempre,

brillando en neones,

la palabra complicado.

Ahora que hemos hecho de lo difícil rutina,

enséñame a respirar cuando todo sea sencillo.

Y no saltemos tejados,

crucemos espacio y tiempo,

caigamos en agujeros,

resurjamos bocabajo,

nos besemos.

Ya no sé no echar de menos

cambiar de bando a cada golpe de viento.

 

Y dudo que vivir sea fácil,

con o sin ti,

pero,

ya puestos a arriesgar,

que seas tú quien decida a cuánto va a apuesta.

 

Destrózame la vida,

núblame la cabeza,

desenrédame las piernas.

Haz que lo sencillo sea complicado.

Lo demás, suele venir solo.

Y si no,

tráelo tú cogido de la mano.

La niña del eterno luto

El pánico y las ansias,

el hambre y las ganas de comer.

Mientras,

la memoria observaba en un rincón,

acobardada,

destrozada por el alcohol que borró tu rostro.

Apenas quedaba una mancha difusa

y cinco letras pronunciando tu nombre,

desgastadas:

el bolígrafo con el que me obligué a escribirlas

se quedó sin tinta hace tiempo.

Y emborroné mis errores,

y te culpé por los tuyos.

Y volvimos a encontrarnos,

y el universo dejó de tener sentido.

El alma temblando como las primeras veces y,

con olor a los viejos tiempos que el minutero no logró oxidar,

yo arropada en esa piel que un día me dio la vida.

Y la muerte parecía incluso absurda

cuando asomaba en tus labios

el atisbo de esas veces que me sonreíste sincera.

Hablábamos de amor y sexo, de sexo y amor,

¿qué más da la diferencia,

si seguiríamos confundiéndolos de compartir aún el camino?

Casi de la mano,

pero sin tocarnos.

Casi en un abrazo,

pero con la mente en Babia

y las palabras en lo alto de Babel,

incapaces de entendernos por no hablar el mismo idioma.

Y así llegó la tormenta tras la calma,

y tus ojos fueron cubiertos por nubes.

Mis preguntas, tan absurdas.

Tus respuestas, tan ambiguas.

Supe que me marcharía sin haber salvado el mundo.

Supe que tú dejarías que renunciase a mi capa.

Pero siempre quedarán nuestras canciones.

Así que baila.

Sigue meneando tus inseguridades como solías hacerlo entonces.

 

Quizás la magia de aquello que callaste

estalle algún día en tu pecho y te haga

venir

                a

                          buscarme.

Sueños: manual de instrucciones

Si tienes un sueño,

déjalo volar.

Si lo liberas,

sus alas se desplegarán y llegará

tan,

tan lejos

que necesitarás un motor impulsado

por la fuerza de tu risa  para alcanzarlo.

Y mira que es complicado sacarte la carcajada

si no soy yo quien abre esa jaula

(y he guardado la llave a buen recaudo

para evitar que se escapen los celos y otros sentimientos que,

aun sin ser poesía,

se confunden con amor).

Si tienes un sueño,

déjalo volar,

sin dueños.

Poseer un sueño lo convierte en pesadilla,

y si lo atas a tus muslos por querer soñarlo siempre

y tallas en él tu nombre porque no lo sueñen otros

te juro que nunca más

querrás volver a dormir sin compañía.

No lo hagas sufrir.

Déjalo ser magia.

Permítele sin tapujos ser lo que es,

igual que yo soy lo que soy

y aprendiste a quererme a tiempo completo

en un contrato que no excluía cada uno

de mis desaciertos, de mis resbalones y caídas y recaídas en labios ajenos.

Perdónalo por marcharse y no le guardes rencor.

Y recuerda:

cambiar un sueño por el odio

sería como cambiar tu abrazo por el infierno.

 

Esto no es una disculpa, sólo una explicación.

Que todos los sueños vuelan.

Y yo pronto volaré,

Porque tú aún no lo sabes,

pero todos los sueños

tienen derecho a ser libres.

Por mí y por todos mis sentimientos

Entre broma y broma

la verdad sigue asomando.

Dile que se esconda,

que aún la veo.

Dile que se calle,

que aún me lees.

Y quiero cerrar las tapas

de este libro hasta hoy abierto.

No merece la pena decirlo en voz alta.

No merece la pena señalar que

no provocaré un solo orgasmo

que suene más placentero en mis oídos

que tus gemidos,

ni estallaré sin pensarte

mientras veo tus ojos brillar al otro lado del mundo

quizás,

en algún momento,

me acuerde de ti entre sueños.

 

Dile a esas malditas bromas que se callen.

Y, después,

finge que no nos echaremos de menos.

Caballo de Troya

Oyendo el mar se me han cargado las pupilas

de tu ausencia en mis presencias

y, en mi ausencia, tu presencia silenciosa,

y he lanzado otra mirada a mi infinito hecho de errores

tratando de contemplarme en cada flaqueza.

Con ojos de quien observa un sueño sin ser consciente.

Desde arriba me mira,

desde abajo, me dejo mirar.

Y qué más da,

si esto es tan sólo una capa de emociones

y cuando llegue el verano

la arrojaré sin dudar hacia el pasado.

Qué más da,

te preguntas.

Lo da todo,

pienso yo mientras me miro.

Ganas de cambiar de aires,

o de comprar aires nuevos

para seguir contaminándolos con esta tristeza que me asfixia.

Ya no sé si raparme a cero el alma,

aprender a tocar otros cuerpos con tu ritmo,

o hacer diez mil maletas (una por cada error) y cargarlas de recuerdos.

Quizás todo a la vez.

Quizás nada.

Porque todo seguirá igual.

Te escribiré una “última” carta,

como si aún guardase bajo la manga algo sobre lo que discutir,

como si este vacío que nos envenena

pudiese encontrar su antídoto en malditas palabras.

¿Aún no lo entiendes?

Soy el caballo de Troya

de las emociones sucias.

Y tú no encuentras tu lugar entre ellas

por ser demasiado bonita.

Y nadie acudirá ya en mi auxilio,

porque alzaré barreras

entre

el

mundo

y yo.

 

Hola de nuevo,

tristeza.

Cada rincón en mi cuerpo gritaba echarte de menos,

aunque las ausencias,

supiesen mejor sin ti.

Triste paradoja del fantasma que no supo cazarse a sí mismo

Qué bien se te daba hacer el

(iba a decir amor,

pero esa palabra siempre se nos quedó grande).

Qué bien lo hacías.

Tanto,

que fue lo único que no hiciste mal.

Tenías miedo de toparte con murallas

y cada vez que mirabas mis ojos retrocedías.

Yo te cogía de la mano

y supe que no te hundirías.

Incluso  inflamada en penas.

Supe que no te hundirías.

Decías que estaba tan lejos que nunca sabrías alcanzarme,

que te agobiaba la ausencia de espacio en tanto pasado,

que me iría,

que volaría,

que huiría.

Y sí,

tenías razón.

Lo hice.
Decidí huir de todo.

De todos menos de ti.

Escogí huir y no de ti,

sino contigo.

 

Yo era por aquel entonces

un gran cajón de ectoplasmas.

Tú,

quien me prometió cazarlos.

Yo juré olvidarlos.

Tú, no convertirte en uno.

Una de las dos partes cumplió lo prometido.

 

Me salvaste de ellos,

de mí misma y hasta de ti.

Pero cuando estuve a salvo,

tú ya te habías ido.

 

(Sin billete de vuelta, ni una carta, ni un recibo.)

 

Resumen del universo

Suelo ser muy reservada cuando miento,

pero es que

cómo confesarte que hoy el cielo tenía pecas

y cada una de ellas llevaba tu nombre.

Concreto:

desde que me miraste

verso a verso

te he soñado más despierta que dormida

y pensado más dormida que despierta.

Y aquí seguimos,

contando estrelllas

y arañando meteoritos al recuerdo de tu boca

para pedir un deseo.

A ti.

(Mierda.

Lo he vuelto a decir en voz alta.

Quizás ahora no se cumpla.

Quizás ahora todo dependa de mí.)

Quizás tenga que reunir el valor para gritarte

que la mitad del infinito es ínfima

si se esconde

tras

tu

sonrisa.

Me has arrancado la gravedad y las leyes.

Irónico, ¿verdad?

 

Ahora caigo hacia arriba,

preguntándome cómo será descubrir

que la mitad del universo que no está entre tus labios

se camufla

en

tus

pestañas.