Modus operandi

Me gustaba el significado de nada

cuando eso era todo lo que tenía contigo.
Todo lo que éramos,

y hasta lo que era yo.

Y no me cuesta admitirlo:

es sólo que, hasta ahora, no he vuelto a pensar en ti.

Hoy lo hago por sorpresa

y acuden a mi cabeza

tu sofá y la media vida que compartimos

arropadas por septiembre,

viendo el mundo girar

mientras disfrutábamos del inmovilismo de nuestra felicidad.

Éramos esa burbuja

en que el mundo se paraba y,

sin buscar futuo alguno,

contigo vi la calma más cercana que en los brazos conocidos.

 

Tantas botellas vacías testificaron sobre nuestro modus operandi

que ahora sé exactamente cómo cometíamos el crimen

de querernos

aun habitantes de pieles ajenas.

Tú sólo me besabas con los ojos abiertos y yo,

por toda respuesta,

me acostumbré a esperar insomne tu puñalada.

Declaré cada incertidumbre

y tu veredicto fue:

orgasmo.

Y ya volveríamos a vernos en un fuego que te hiciese

arder con menos intensidad.

Pero no.

 

Por una vez acerté queriendo haber fallado,

en lugar de haberte fallado a ti.

Puse en mi boca palabras demasiado pequeñas

para sentimientos tan grandes

(e invisibles)

que intenté esconder entre tanto polvo

y no diré cuánto disfruté entre tus brazos.

Casi tanto como luego

Te eché de menos.

Cuánto no lo sé.

Más que tú a mí, seguro.

Te eché de menos mientras veía

a la hoguera apagándose a mi lado

y a ti encendiéndola en otros cuerpos.

Tú, más viva que nunca.

Yo, más muerta que siempre.

Te eché de menos el doble de horas

de las que pasé a tu lado.

Quizás hasta el triple.

O tal vez la mitad,

pero el tiempo pasara

tan pegajosamente en tu ausencia

que pareció una eternidad frente al minuto en que creí tenerte.

Estaba demasiado aferrada a mi mente

como para dejarme entrever

que algo nuevo podía estar a punto de llegar.

 

Y ahora has vuelto a mi cabeza.

Para hacer que me dé cuenta de que,

siendo nada, ocupas tan poco espacio

que siempre tendrás un hueco en mi memoria.

Como escribirle al viento

Estás bailando y me miras.

Yo te veo porque también te miro:

suena obvio,

pero quería decirlo en voz alta.

Tal vez si lo callase parecería que me importas.

Y esto es sólo un juego.

Quizás el parchís.

 

Tú eres la ficha  azul:

no voy a negar que es mi color favorito,

igual que no negaré que los ojos oscuros,

como los tuyos,

son los que suelen atraversarme con más facilidad.

Deja de afilar mis pensamientos.

Tienes la típica sonrisa de las personas que

te devuelven la vida para luego arrancártela

otra vez,

sin remordimientos,

y las pupilas tan cargadas de vida

que podría escribir en ellas cada rima

sin agotar la tinta en el intento.

 

Pero no lo haré.

Porque no me importas.

Y la poesía es demasiado valiosa

como para agotarla en una sola partida.

 

Me voy.

Y vuelvo.

Y has desaparecido.

Y te busco:

eras la razón de mayor peso para quedarme.

Podría levantar cada motivo con un solo dedo:
imagina qué liviano se respira este aire.

Pero sí.
Ahí estás:

recupero mi color favorito,

mi mirada favorita y

-¿por qué no decirlo?-,

mi sonrisa favorita en esta sala.

 

Las luces se encienden:

nosotros seguimos a oscuras.

Sin conocernos, sin saber si un día lo haremos.

 

Lo único que sé de ti es que sonríes

como si fueras a ilusionarme con un gesto para después

arañarme el corazón y no la espalda.

Y tal vez lo harías,

si no estuviese acostumbrada a medir cada daño inflingido

a base de contar sus pedazos.

Porque tendrías todas las papeletas para hacerme sentir inmortal

de no ser porque resguardo en mi pecho

esa foto

en que sonrío frente a mi propia tumba.

 

Alguien se ha dado cuenta de lo evidente.

Y nos presentan.

Los números planean sobre nuestras cabezas,

igual que el olor a alcohol lo hace desde tu boca.

 

Busco unos labios contra cada mejilla,

y mi mente recita un

hágase la magia.

Y el beso se hizo.

 

No queda nada por hablar,

nada por hacer ya.

No nos conocemos.

Sólo sé que llevas mi color favorito,

mi mirada favorita,

mi sonrisa favorita

y, ahora,

también mi saliva sobre la lengua.

Sólo sé que eres mi persona favorita ,

con validez de

aquíyahora,

y fecha de caducidad grabada en la despedida.

 

Sólo sé que te escribo por ser

tan deliciosamente banal,

tan dulcemente ligero.

Saboreando cada palabra porque sé que no vas a dolerme.

No puedes dolerme, ni aun queriendo.

Probablemente no nos demos la oportunidad de hacerlo.

Te escribo porque sé que no vas a dolerme

y eso me hace sentir tan pocas cosas

que siento que debo escribirte.

Si me dolieses no te escribiría;

no serías palabra;

no serías poesía.

Tan sólo me pondría a cubierto

y esperaría a salvo la lluvia de balas.

 

Y esto es tan perfecto que la vida parece hasta sincera,

escondida tras cada

esta noche nos haremos hasta la misma guerra con sólo mirarnos

y, de aquí a unas horas,

ni siquiera aún desnudos, compartiendo una piel, nos haríamos cosquillas.

El secreto en el truco de tu magia

Prólogo.

Nos miramos e intuimos el futuro.

 

Sexo

 

Epílogo.

También llueve en mis ojos.

 

Pero no lo diré en voz alta,

a lágrima viva,

ni en cal desterrada.

No lo diré.

Y tampoco que soy esa sucesión de despedidas y reencuentros

que vuelven para decir adiós

con la boca pequeña.

 

Una, y otra, y otra vez.

Y yo

que ya estaba aprendiendo a sentirme tan pequeña a tu lado

como para caber en tu pecho y vivir cómoda en él,

debo volver a ese ciclo

de pasos de hierro

y poses de plumas.

Sin mirar atrás

Sin mirarte a ti.

Sin dejarte saber que me enseñaste a besar de nuevo

con los ojos cerrados.

Desapareció el pánico de que,

al abrirlos,

quien estuviese ahí no fueses tú.

 

No has sido ese huracán que buscaba,

sino esa brisa leve que necesitaba en realidad.

Aún sin saberlo.

Has llegado lentamente

en vez de intensa,

y me has acariciado tan

poco

a

poco

que ya he dado por hecho

(sin darme cuenta)

que te quiero.

He dado por hecho que quiero quererte,

he dado por hecho que quieres que te quiera

y, aun así,

eso sí lo sigo diciendo en voz alta.

 

Que lo único que he dado por deshecho

son las ganas de darte la espalda por el miedo

a cambio de las de darte cada segundo que pidas.

Y así, volvimos a fallar(nos)

Ni noes ni síes.

No sabe, no contesta

como opción siempre correcta.

Y el que no arriesga no gana,

por eso siempre he perdido,

pero es que, tras el cansancio,

agota más sentirte lejos

que lanzar de nuevo  los dados.

Incluso si has retirado el talero.

 

Tanto frío me está arañando.

Tú, que sabes, no contestas.

Y yo, sin saber, respondo.

Y así el hielo va conquistando lugares

que hace veinticuatro horas

exploraban tus manos.

Desastres sobrenaturales

Al menos tú respira tranquila:

te has llevado las moléculas de calma.

Y has olvidado las nubes y los truenos,

y la catástrofe interna.

Los pulmones van golpeando

al ritmo de la estampida y,

la vida,

ávida,

evade

dar explicaciones.

Has robado paraguas y pararrayos,

has parado de robarme los suspiros.

Sin explicaciones.

Sin predicciones.

 

Ahora llueve y te marchas.

Sin más,

pero no sola.

Arrastras la tristeza en la mirada

del que pone las pupilas en el desastre

y suspira.

Sin saber que fue quien inició el apocalipsis

con una palabra.

 

Esa misma que guardé al fondo de mis temores.

Hace ya unas cuantas noches

(y otras tantas madrugadas).

 

Sintaxis emocional

Mis iris y tus pupilas,

tus dudas y mis respuestas.

Lo diré claramente:

te juro,

te prometo

que hoy no buscaba correrme.

Por si acaso el tiempo pretendía acompañar a mis caderas.

Sonreíste, fui carne de cañón

y tú el encuadre perfecto

de mi tacto en el papel aun sin rozarlo.

El sonido del lápiz rasgándolo.

En mi cabeza,

ya eras arte hecho presencia.

La perfección que no requirió de práctica para ser hecha:

tan solo a ti y a los dos segundos que tomaste prestado

para arañarme la boca con tus dientes.

 

Así seguimos jugando a besarnos

sin rozarnos;

te bastaba con soplar para estremecer al viento.

Las penas se habían marchado,

pero ya no estaba sola.

Me acompañaban tu olor

y la sensación  de estar,

por vez primera,

en el tiempo y modo perfecto.

Y daba igual hasta el verbo

si el complemento era contigo.

 

Vivir en verbo

Entre el ser,

estar

y hacer

está el querer(te),

y claro.

Claro que te quiero.

Yo, tan tolerante con tus miedos,

y a un mismo tiempo tan racista que rechazo la oscuridad

aun habiéndote desnudado de la piel.

O habiéndome creído que lo hacía.

Cuento mis puñales y los lanzo

porque puedo,

porque puedo querer,

porque puedo poder

y quiero haberte podido

(vencer sin una declaración de guerra).

Olvidé que para rendirme

alzando las bragas blancas por bandera

debías poder,

debías poder querer(me),

y debías haberte podido

desnudar de esa armadura.

Y ya ves.

Yo aún temblando

y ni siquiera sé si sigues aquí todavía:

no me atrevo a abrir los ojos

por si ahí fuera continúa nevando

y la hipotermia también tiene sus efectos visuales.

Como pasa con mirarte y que aparezca la sonrisa.

 

Tú tan poco tú,

y yo demasiado yo.

Soy,

estoy,

hago,

(te) quiero.

Claro que te quiero.

Claro que te quiero clara.

Claro que te quiero tú.

 

Pero a cambio,

déjame ir quitando capas a tu mente,

al igual que las arranco si te tumbas en mi cama.