Química

Aún no sé qué ves cuando me miras,
pero a menudo pienso que no te detienes
ni al topar con el hueso,
y continúas tu camino
y me destrozas la espalda sin tocarla.
Yo,
desnuda de la piel y de armaduras,
buscando heridas que merezcan la pena,
tiemblo lo más lento que sé,
pero aun así el primer puesto el mío.
Tampoco era difícil:
el mundo entero parece haberse detenido.
Y yo sigo sin saber si estos nervios
son realidad ganas de volver a verte
disfrazándose de excusas,
la búsqueda de un paradigma que no existe,
o la reacción ilógica de un cerebro

en el que sobran chispas y faltan cortocircuitos,

pero tengo la certeza de que voy a estallar.

Y eso que ni siquiera me has rozado.
Me pregunto qué no podrías hacer si dejases de limitarte a mirarme.

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Bucles al otro lado de tu ausencia

Por vez primera he abierto las puertas del infierno,
y quién me iba a decir que están llenas de magia,
de ese calor cuya ausencia no noté hasta estar inmersa.
Y que están talladas con constelaciones de encuentros casuales,
búsquedas erradas sin segundas intenciones,
caídas desbocadas en las que descubrir las alas.
Y que su banda sonora está compuesta
por cada una de las calles que se vacían
conforme las canciones se van llenando
de significado
(y, esta vez, de verdad).
Aquí también hay tensiones con resolución al otro lado de las circunstancias,
conversaciones al borde del abismo
y dentelladas regaladas.
Aquí hay mil formas de morir que aún no he conocido,
pero no estás tú.

Por primera vez he abierto las puertas del infierno
y, siendo sincera,
creo que no quiero cerrarlas.

Día cuatro sin ti

He pasado más de mil horas muertas tratando de entender por qué si creía ser una, entera y orgullosa (incluso sin ti) siento estos pedazos que sostengo entre los dedos

tan pesados

y

tan reales.

Hoy al despertar  me he llevado la mano al pecho por instinto, y me he atrevido a palpar mi corazón por primera vez desde que te fuiste. Lo he notado

ligero,

palpitante

e igualmente

real.

 

Y al fin lo he comprendido.

Lo que observo sin mirar no son mis trozos, sino nuestras consecuencias.

 

¿Recuerdas aquella primera vez, la conciencia de que fue más que sexo?

Tenía el pálpito de que esa noche habíamos hecho el amor;

ahora sólo tengo la certeza de que,

de tanto usarlo,

 

lo hemos acabado rompiendo.

Puntos de miras

Me quisiste por encima de tus expectativas,
quisiste quererme y quedar
por encima de mi orgullo,
quizás por no ser una de aquellos que permanecieron atrás.
Qué lástima.
Parece que nunca comprendiste
que yo siempre te quise a mi altura
o,
si acaso,
por debajo

de mi falda.

Regreso a las cuerdas entre los puntos ciegos

Y al fin me doy cuenta.
Hemos rezado a un altar vacío
por cada vez que imaginamos las palabras
como cuerdas,
como puentes,
como nexos invisibles
que no atan sino unen y reparan, incluso,
los trozos de corazón que ya no se sostienen solos.
Apenas latía la idea
de que no todos nuestros órganos
encuentran su redención en saltar al vacío,
pero igualmente lo hacían
cada vez que las dudas se arrancaban el disfraz.
Ahora que nuestros impulsos no nos esclavizan,
y si me escuchas será cuando nada de esto importe
lo diré sólo una vez:
me conociste en eterna tensión,
con el cuerpo plegado,
esperando encontrar a alguien con quien volar
(supongo que en eso soy un clon del resto de mortales)
y escogiste cobijarme en tu abrazo sin pensar
que quizás la medida de tu cielo
me quedase corta al extender las alas.

Ahora hemos entendido que a veces el silencio puede doler más,
pero que,

al menos,
es lo único que sirve realmente para triturar grilletes

Antítesis

Por la noche ella es quien me sostiene

y me desviste de errores y me disfraza de humana.

Sólo entonces quepo por entre sus grietas sin necesidad de descoserme

porque mis cicatrices se creen tatuajes entre sus dedos

conforme las cose como si lo que cura no doliese incluso tratándose de ella.

Sus labios juran que todo irá bien ,

su corazón que aún tiene fuerzas para otro asalto

y

 

no sé por qué

 

le creo durante apenas un segundo.

Tiempo más que suficiente:

Morfeo apenas tarda la mitad en darme un beso.

 

A la mañana siguiente siempre despierto metamorfoseada en bestia,

y vuelvo a ser yo:

cabreada, orgullosa, combativa, agitada,

desganada de todo lo que no es cambio,

y ella vuelve a negarse y a insistir en lo injusto de los días

cuando yo soy quien escribe los guiones.

 

Cuando el sol se esconde,

vuelvo a no ser la misma.

Lo llaman rutina, yo daño sostenido,

reflexiones inconexas que mueren al filo de sus pestañas

cada vez que llueve en ellas.

Quizás al fin y al cabo sólo en esto seamos buen complemento

y para lo demás seamos piezas que,

a falta de alcanzar formas perfectas,

se encajan y retuercen y recortan por capricho.

Y quizás sólo en esto nos parezcamos.

 

Lo que aún no he logrado descifrar es si eso basta.

Y ni el cansancio logró hacernos callar

Entonces llegaron los problemas.

 

Y hablamos.

Y hablamos.

Y hablamos.

Y hablamos durante segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años.

Y hablamos durante vidas.

 

Y nos quejamos de los problemas.

Y nos quejamos de tener que seguir hablando.

Sin darnos de que el verdadero y único problema llegará en el mismo momento en el que, por vez primera,

 

dejemos de hablar.