Paradoja de un disparo en perspectiva

Tanto tiempo pensando que el fallo era de la vida,

que no me había dotado de buena puntería

sólo por mantener mis manos limpias de remordimientos.

Yo pensando “vaya tontería, prefiero ser feliz con las manos cubiertas de sangre”.

Pero no.

Resulta que el disparo fue perfecto y acertó en el objetivo:

lo único que hizo la vida fue protegerme del retroceso.

Y menos mal que me supo querer.

Y menos mal que al final me quiso tan bien.

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Kilómetro 0

Eres puño, carne y cañón;
la barricada de cartón camuflada entre kilos de hierro;
el cordero escondido bajo la piel de león.
Eres Ícaro a la inversa,
no consciente de sus alas y temeroso del sol;
el sonido del agua cuando no queda qué contar;
eres quien aguarda a que el tiempo decida
y, en la espera,
trata de arrancar sus manecillas al reloj.
Eres la sombra de la sombra de la sombra
e ignoras que cuando temes a la oscuridad
en realidad sólo huyes de ti.
Por dentro eres todo lo que siempre criticaste;
por fuera eres la nada que nunca quisiste ser.
Eres.
Eres.
Eres.
Eres la inocencia revelándose contra todos sus defectos trazados en otras bocas
aun cuando en labios propios sonaban a credo.
Y yo soy la voz en tu mente que te hace recordar:
hay vida tras la barricada;
hay alma tras el león;
hay margen de vuelo en la caída;
hay transparencia en el agua;
hay encanto en el tiempo detenido;
hay tinieblas que reconfortan;
se ha colado un poco de ti en el espejo.
No creas en todo lo que lees.
No creas en todo lo que escuches.
No creas en todo lo que veas.

Más allá de los sentidos están los sentimientos.
Y al final del camino sólo estás tú.

Señal sonora

Hay quien piensa que algún día

la presión me hará ceder

y acabará por aplastar estas ganas:

yo mientras tanto callo,

pero para no otorgar mato el tiempo hiriendo de gravedad tus mentiras,

alcanzando el complejo de titán

que sujeta este universo en lugar de limpiar su mierda

creyendo que es la forma de evitar males mayores.

Lo que ha unido una sospecha,

que no lo separe la ausencia de magia.

Lo que ha nacido bajo manga,

que no suba sobre la mesa.

Estoy cansada de ser el pez muerto y flotante

que se deja arrastrar por la corriente.

Estoy

harta

de

morir.

Aunque sea en burbujas quiero seguir respirando:

ya he escogido un hogar en el fondo,

y esta vez hay personas no aptas  para entrar.

Me niego a que nadie ensucie con su mirada torcida

todo aquello que ella guarda bajo la falda

 

(que a ratos guía mis manos

y, a otros, al corazón).

Autopsia de un instante

Aún faltan las palabras y el aliento para pensar sobre ti.

Todo es colina blanca, vértigo, luces:

te contemplo con una pupila desde cada perspectiva

y la vida es tan simple como el tiempo cuando inmóvil.

Tú mientras me meces:

si acaso siento extraño el silencio entre tus manos

es mi oído el que busca el hogar en tu costado.

Suelo encontrar mis ganas a la vez que tu pulso.

 

No lo siento:

te siento.

Y así he decidido que no quiero vivir contigo.

No.

No me basta.

No quiero vivir contigo.

Escojo vivir en ti.

Pequeño misterio de papel

Te veo en el puzzle y en las piezas incompletas,
en cuclillas sobre mí y tumbada a mi costado,
lesionando mis certezas y mancillando mis dudas.
Te busco si no te veo,
te veo y no te encuentro,
te encuentro aún sin buscarte.
Quizás fuiste tejiendo telarañas en mi pecho
y tal vez ya entonces tu risa me calase cada poro
y hasta hoy
no me haya dado cuenta.
Pero aún no he deslizado tu presente para enfrentarme a tus monstruos,
aún quedan resquicios por donde el corazón asoma entre los dedos en los que he ido enredando tus caricias,
aún no he corrido tu cadera para ver qué escondes detrás de tus silencios.
Ahora sé lo que se siente al desnudar a alguien de la ropa
antes que de sus velos.
O quizás lo supiese ya antes,
y tal vez haya otros pioneros en descolocarme el corazón y romperme los esquemas y abrirme el pecho
sin dar explicaciones,
y lo único nuevo en este escaparate es que, por primera vez,
quiero que todo esto tenga sentido.

Desde una ventana subterránea

Qué sorpresa.

Ya no quedan ni orgullo ni garras ni razones.

He decidido cambiar esos vicios por agujas,

para coserme los labios si así salvo tu vida;

para pincharme el corazón si me llamas y no reacciono;

para curar las heridas que aún no he trazado en tu piel;

para acribillarme los dedos antes de dibujarte a sabiendas mis puñales.

Necesito que entiendas que al final sólo estoy yo;

que no te sepa a poco, ruego,

que aun desnuda de otros rostros siga siendo suficiente.

Que me quieras, joder,

que me quieras joder (bien).

Que sepas que aún no he conseguido transformarme en la luna,

pero sigo intentando bajártela para que pidas un deseo

(yo el mío lo tengo claro y sólo tiene dos letras).

 

Espero que no lo olvides cada vez que, por fracasar, salga el sol.

Premio a todas tus películas

Me declaro responsable de haberte visto y dejado de hacerlo,

y menos mal que te contemplo a ratos desde la distancia.

Sufro de punzadas de fortuna contrapuesta:

por desgracia, aún conservo ojos y memoria;

por suerte, la sordera que padezco es selectiva y mi risa no forzada.

Como desde el cielo, casi omnipresente,

me llega sin quererlo

aquel refrán de que a ratos arrastras sobre alguien tus cadenas,

y ya de vuelta a mi calma el mensajero siempre trae malas noticias.

Sigues creyendo que mi caballo jamás ganaría la carrera:

parece que aún no has comprendido que mi culpa pesa menos

que los besos que a ti te faltaron.

Sigues pensando que esto es una competición

y, por primera vez,

yo opino que  marcharme no fue cuestión de alas.

Carga sobre mí falsos pecados, si eso te consuela.

Sigo suspendida entre llama y llama, y eso me apacigua.

En el oasis de su vientre se consumen

traición y acusaciones,

y, con ellas,

 

las opciones de cerrar esta puerta.