Decisiones al borde del no retorno

Tengo un minutero rebelde que raspa las horas

entre la telaraña de la nada

y el infierno de tu ausencia,

y aún no ha decidido

en qué alternativa congelarse.

Solo

ha

quemado

y se ha extinguido en una huella sin reverso.

Pero las telarañas y el infierno cobran otro sentido

si eres tú quien los lleva en los ojos,

las manos y las costillas

y extiendes tu manto

y me salvas del miedo.

Cuando lo haces,

solo quiero quedarme ahí para siempre.

Y que me devoren los arácnidos si es que no arden antes,

pero yo de ti no pienso moverme.

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Deforestación emocional

Me creí inmune a tanta violencia y ajena a todo ese odio,

y más al llegar la vida y besarme en los labios,

y arrancarme las espinas

y llevarme por mi senda.

Entonces,

se hizo la chispa

y terminó de prenderse esa mecha kilométrica

a la que le faltaban centímetros para saltar a expensas de mi permiso.

Y explosión.

 

Solo vi la combustión cuando el bosque ya ardía.

Se endureció el corazón y arrojé esa piedra lejos.

Anunciaban descenso de temperaturas,

la profecía se cumplió y se marchó el deshielo.

Entendí,

ya entre cenizas,

que algunas llamas solo se extinguen al alcanzar el hueso.

Misterios meteorológicos

Defines el olimpo con los dedos cubiertos de miel
y yo solo quiero lamerlos
porque nací pensando en una aventura parecida
y sé que no afrontarte sería una afrenta.
Recorro con las yemas el circuito de tu costado,
recreo tus cordilleras en mi cabeza
y me pregunto qué hubiera pasado si siempre hubieses estado ahí,
si esta Pangea jamás hubiera dejado de ser
y nunca hubiese tenido que comenzar a estar.
Probablemente,
desastre natural.
Tú, empeñada en lograr que seamos incluso lo que no fuimos,
enciendes dos volcanes
y despliegas tus chubascos más abajo del ombligo,
justo donde cae la noche.
Pronto habrá tormenta,
temblaremos terremotos
y, cuando llegue la calma,
terminaremos de rompernos en todas esas verdades que aún no nos hemos dicho.

Algunos fantasmas también saben dar abrazos

Recuerdo aquel correr por los pasillos,
las paredes que imantaron nuestras vidas,
las noches concatenadas en madrugadas sin dormir.
Los turnos sin guardia,
los guardias de turno,
las notas huyendo y
yo en la retaguardia,
los abrazos por la espalda
y las cuchillas en el pecho.
Y quién sabe si decidiré
volver en algún nuevo paradigma
o en los vínculos que un día me abrazaron.
Lo haré con los ojos limpios de rutina
y regresaré bajo los mismos cielos,
y atravesaré un océano de hielo,
y el invierno vendrá, puntual como siempre,
y la ciudad que dormía seguirá sin despertarse,
aunque la esencia,
por partes,
esperará mi retorno en el camino:
no regresaré a aquellos besos inseguros,
a las caricias ebrias de una lata,
ni a aquel sofá a ratos desierto.
Jamás sostendré de nuevo aquella taza entre mis manos.
Nunca volveré a sentirme inmortal
hasta el preciso momento
en que me vea a punto de morir.
Como dice el poeta,
no seremos los mismos.
Como dicta la lógica,
tampoco querremos serlo.
Como apunta el recuerdo,
vendrá la melancolía.
Como sugiere el instinto,

quizás,

sobreviviremos.

Balanzas

Aún no entiendo esta tendencia a precipitarme al desastre:

sólo sé que esto me huele a brechas y catástrofes,

porque tras el primer naufragio estudié todas las opciones

antes de escoger un epitafio a la medida de esa tumba:

juro que nunca más me volveré a enamorar.

Tendría que haber añadido la norma de no volver a hacer promesas.

Que retrocedan los relojes para que me lo pueda explicar

y decida aplicarla,

porque las tornas parecen haber cambiado.

Cómo no hacerlo si he vivido en

habitaciones y habitaciones y habitaciones

repletas de

personas y personas y personas

pero sólo estaba ella en aquel único cuarto.

Quiero dejar de mentir sin cambiar el contenido,

aprender a cuidarme por ser fértil,

sólo para decirle que cada vez que me desmonto en su cuerpo

me pone la vida a flor de piel,

sin engañarle.

Me esfuerzo por olvidar que nada es eterno

y, en el intento, mirarla me ayuda a conseguirlo

poco

a

poco.

Que me desvista despacio,

la prisa me queda grande.

Y ya nos ocuparemos otro día de cavar nuestras tumbas.

Kamikaze si me miras

Me he desvestido de este traje de desastre

y disfrazado de kamikaze sólo a ratos

por no sentirme tentada a huir

cada vez que me miras

y me pillas despeinada.

El viento sigue soplando,

y yo aún no he aprendido a llevar el compás

pero ya intento bailarte el agua a pesar de mis tropiezos

con dos pies izquierdos,

mil escalones

y un solo objetivo:

que te muevas conmigo si te tiendo la mano y,

si la retiro,

no pidas permiso para agarrarme el brazo.

Y a pesar de eso,

callo.

Prefiero no decir en voz alta que te echo de menos,

por si acaso me doy cuenta,

por si acaso me lo creo.

Me niego a fijarme en lo que no puedo ver,

pero aún tengo fe en ti incluso cuando te escondes.

Quizás en ese equilibrio roto y absurdo resida tu magia.

Me has mirado

y me has salvado.

Y aún habrá quien no crea en los milagros.

Panacea

Recojo los vientos que fuiste sembrando,
y ya sabes lo que dicen sobre ellos.
Ahora nado en huracanes pero nunca me ahogo:
en ti se duerme bien.
Quizás quien te esculpió se olvidó
de que adoro el terciopelo.
Mientras me escondo en tus facetas,
las conclusiones guerrean en mi mente.
No me haces feliz,
pero soy feliz contigo.
Y no necesito decirlo,
pero a falta de ingenio soy pura cabezonería.
Tú sigues durmiendo.
Anda, que alguien venga a decirme
que ahí afuera es el fin del mundo
porque no voy a creerle.
En mi credo sólo hay hueco para esta panacea inesperada.
Así que volvemos a hacerlo:
por penúltima vez,
pecamos en todos los idiomas
ahora que lo único que nos lo impiden
son, precisamente, las palabras.