Gafas rosas

Se precipitaron la noche en la que entendí
que de ser tú o yo,
serías tú,
y yo,
que me había dejado en el camino
con tal de encontrarte en la meta,
era segundo plano,
tercera opción,

última mierda.

Sinfonía en dos planos

Ayer me hubiese desgarrado el pecho y la garganta

de no ser por la presión de las escamas

que ya alcanzaban a arañar la dermis.

Sobre mí planeaba la suela de un gigante

y no pensaba en sobrevivir siquiera,

sino en agarrarme a ella

por reducir mis opciones al cara o cruz.

O la presión terminaba de sepultarme

o me llevaría más alto que nunca.

 

Hoy no te digo que te quiero

porque soy Neptuno,

y arranco la noche para que ondee a mi espalda,

y los trofeos pesan menos

y las retinas me queman al poner la vista al frente.

Ya no hay niebla

y no te quiero  camino,

sino compañía,

y yo ying, yang, blanco, negro, día, noche,

excusa

y la moneda que lancé

para que formase parte de este puzle

queda de canto.
Ya no hay opción de hundimiento.

Solo queda la gloria.

Renacimiento tras sobrevolar las grietas

Podría desmaquillarme de apariencias

y mostrarte mis sienes cubiertas de acantilados,

de sábanas sangrientas,

y de tomos describiendo en primer plano

todo aquello que escogió un rumbo diferente

y a lo que no espero de vuelta:

ni en segundas partes de las que nunca fueron buenas

ni en bumeranes de los que jamás salieron malos.

Podría hacerlo.

Tendría que.

Debería,

al menos

si contigo fuese lo que soy,

en lugar de dejar de ser quien fui por conmutarme

en quien siempre anhelé ser y nunca he sido.

Te miro

y solo sé quererte como al primer amor llamando a mi puerta,

con el corazón recién nacido,

palpitando como si ayer no hubiese estado cubierto de cicatrices,

bajo tierra,

soñando con ser ceniza.

Y tal vez esa suerte de flashback

mantenga viva  esta llama.

 

Lo admito:

no sé cuántos pasos hay entre

mis principios

y tus finales.

Pero sí que quiero dar cada uno de ellos contigo .

168 horas

Vuelvo a tener los pies de hielo

ahora que de nuevo somos Pangea descompuesta

y aún sabiendo que pronto estarás de vuelta,

estas uñas quebradizas no encuentran los argumentos suficientes

para dejar de temblar y regresar a tu calma.

Sigo paseando por la misma casa,

con la misma cara larga,

la misma piel de papel,

los mismos huesos de cristal.

las mismas ganas de no echarte de menos

y las mismas posibilidades nulas de lograrlo.

Solo sé temblar y quejarme; quejarme y temblar;

regresar a la cama y volver al dolor,

y al deseo de que me abraces por tener un nuevo escudo,

disimular, ser fuerte y que se marchen mis fantasmas.

Sonreír y fingir que aquí no ha pasado nada.

Ahora, luces intermitentes, manecillas estancadas.

Me autocondeno a escribir porque no conozco otra forma

de saber lo que siento desde aquí,

dentro del laberinto.

 

Dicen que “un día sin reír es un día perdido”.

Lo que no saben es que un día sin verte reír a ti

me carga sobre la espalda siete días de funeral.

Breve reverberación caduca

Sabes perfectamente que jamás he vuelto a ser quien fui estando contigo:

lo notaste en mis andares, cuando abría los labios, en mi forma de mirarte

pero, sobre todo,

cuando te dije adiós.

Desde entonces no te guardo tu espacio privilegiado en mis silencios,

ni cartas bajo la manga con el as en el reverso,

ni me obligo siquiera a creer que mereciste tanto por mi parte.

Hoy he vuelto a dar una oportunidad a nuestros fantasmas

porque ayer creí que serían capaces de sentarse cara a cara

para hablar de cómo ambos murieron en la misma batalla

y de que el bando victorioso era solo un espejismo.

Al final, después de destrozarme los puños contra el muro,

he decidido dejar de repetirme de una vez mi mentira más preciada:

que tuvimos sentido mientras sentimos.

Si fuese tan importante,

al menos habríamos limpiado el reguero de sangre

en lugar de seguirlo mil veces para seguir añadiendo huellas a este desastre.

Ahora solo tengo una lista de interrogantes que jamás seré capaz de resolver:

por qué tú, por qué yo, por qué nosotras, por qué así.

Me pregunto si llenamos el tintero de errores

para luego derramarlos sobre el folio,

si algo hubiese cambiado de entregarte las palabras antes de escribirlas.

Aunque nunca lo sabremos,

tengo la certeza de que no soy la misma,

de que los años que sumo restan mecha a la paciencia,

de que ya no tienes sitio aquí ni tu butaca reservada

y de que, esta vez, no he preparado café para ti.

 

Jamás he vuelto a ser quien era cuando era contigo.

Y menos mal.

Si lo fuese,

aún no habría reunido el valor de decirte este

 

“hasta siempre”.

Decisiones al borde del no retorno

Tengo un minutero rebelde que raspa las horas

entre la telaraña de la nada

y el infierno de tu ausencia,

y aún no ha decidido

en qué alternativa congelarse.

Solo

ha

quemado

y se ha extinguido en una huella sin reverso.

Pero las telarañas y el infierno cobran otro sentido

si eres tú quien los lleva en los ojos,

las manos y las costillas

y extiendes tu manto

y me salvas del miedo.

Cuando lo haces,

solo quiero quedarme ahí para siempre.

Y que me devoren los arácnidos si es que no arden antes,

pero yo de ti no pienso moverme.

Deforestación emocional

Me creí inmune a tanta violencia y ajena a todo ese odio,

y más al llegar la vida y besarme en los labios,

y arrancarme las espinas

y llevarme por mi senda.

Entonces,

se hizo la chispa

y terminó de prenderse esa mecha kilométrica

a la que le faltaban centímetros para saltar a expensas de mi permiso.

Y explosión.

 

Solo vi la combustión cuando el bosque ya ardía.

Se endureció el corazón y arrojé esa piedra lejos.

Anunciaban descenso de temperaturas,

la profecía se cumplió y se marchó el deshielo.

Entendí,

ya entre cenizas,

que algunas llamas solo se extinguen al alcanzar el hueso.