Algunos fantasmas también saben dar abrazos

Recuerdo aquel correr por los pasillos,
las paredes que imantaron nuestras vidas,
las noches concatenadas en madrugadas sin dormir.
Los turnos sin guardia,
los guardias de turno,
las notas huyendo y
yo en la retaguardia,
los abrazos por la espalda
y las cuchillas en el pecho.
Y quién sabe si decidiré
volver en algún nuevo paradigma
o en los vínculos que un día me abrazaron.
Lo haré con los ojos limpios de rutina
y regresaré bajo los mismos cielos,
y atravesaré un océano de hielo,
y el invierno vendrá, puntual como siempre,
y la ciudad que dormía seguirá sin despertarse,
aunque la esencia,
por partes,
esperará mi retorno en el camino:
no regresaré a aquellos besos inseguros,
a las caricias ebrias de una lata,
ni a aquel sofá a ratos desierto.
Jamás sostendré de nuevo aquella taza entre mis manos.
Nunca volveré a sentirme inmortal
hasta el preciso momento
en que me vea a punto de morir.
Como dice el poeta,
no seremos los mismos.
Como dicta la lógica,
tampoco querremos serlo.
Como apunta el recuerdo,
vendrá la melancolía.
Como sugiere el instinto,

quizás,

sobreviviremos.

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Balanzas

Aún no entiendo esta tendencia a precipitarme al desastre:

sólo sé que esto me huele a brechas y catástrofes,

porque tras el primer naufragio estudié todas las opciones

antes de escoger un epitafio a la medida de esa tumba:

juro que nunca más me volveré a enamorar.

Tendría que haber añadido la norma de no volver a hacer promesas.

Que retrocedan los relojes para que me lo pueda explicar

y decida aplicarla,

porque las tornas parecen haber cambiado.

Cómo no hacerlo si he vivido en

habitaciones y habitaciones y habitaciones

repletas de

personas y personas y personas

pero sólo estaba ella en aquel único cuarto.

Quiero dejar de mentir sin cambiar el contenido,

aprender a cuidarme por ser fértil,

sólo para decirle que cada vez que me desmonto en su cuerpo

me pone la vida a flor de piel,

sin engañarle.

Me esfuerzo por olvidar que nada es eterno

y, en el intento, mirarla me ayuda a conseguirlo

poco

a

poco.

Que me desvista despacio,

la prisa me queda grande.

Y ya nos ocuparemos otro día de cavar nuestras tumbas.

Kamikaze si me miras

Me he desvestido de este traje de desastre

y disfrazado de kamikaze sólo a ratos

por no sentirme tentada a huir

cada vez que me miras

y me pillas despeinada.

El viento sigue soplando,

y yo aún no he aprendido a llevar el compás

pero ya intento bailarte el agua a pesar de mis tropiezos

con dos pies izquierdos,

mil escalones

y un solo objetivo:

que te muevas conmigo si te tiendo la mano y,

si la retiro,

no pidas permiso para agarrarme el brazo.

Y a pesar de eso,

callo.

Prefiero no decir en voz alta que te echo de menos,

por si acaso me doy cuenta,

por si acaso me lo creo.

Me niego a fijarme en lo que no puedo ver,

pero aún tengo fe en ti incluso cuando te escondes.

Quizás en ese equilibrio roto y absurdo resida tu magia.

Me has mirado

y me has salvado.

Y aún habrá quien no crea en los milagros.

Panacea

Recojo los vientos que fuiste sembrando,
y ya sabes lo que dicen sobre ellos.
Ahora nado en huracanes pero nunca me ahogo:
en ti se duerme bien.
Quizás quien te esculpió se olvidó
de que adoro el terciopelo.
Mientras me escondo en tus facetas,
las conclusiones guerrean en mi mente.
No me haces feliz,
pero soy feliz contigo.
Y no necesito decirlo,
pero a falta de ingenio soy pura cabezonería.
Tú sigues durmiendo.
Anda, que alguien venga a decirme
que ahí afuera es el fin del mundo
porque no voy a creerle.
En mi credo sólo hay hueco para esta panacea inesperada.
Así que volvemos a hacerlo:
por penúltima vez,
pecamos en todos los idiomas
ahora que lo único que nos lo impiden
son, precisamente, las palabras.

Viajes fugaces a Siempre Jamás

Desde que duerme a mi lado,
he encontrado una tercera dimensión
entre su espalda y mi pecho;
una vorágine escondida
en el segundo lunar a la derecha y todo recto
que me hace querer mirarla hasta el amanecer.
Allí también respiro lento
por miedo a romper el tiempo
y a las canas atracando la memoria a mano armada,
pero es el único sitio en el que quiero crecer.
La he encerrado entre puertas abiertas
y no es para que no escape:
es para que no tema.
Para que, si acaso algún día me necesitase,
comprenda que ella misma
es la clave de su huida.
Ahora tenemos un pacto:
ella respira sobre mi nuca
y yo olvido cómo respirar
(y, aun así, me siento más viva que nunca).
Desde que duerme junto a mí,
he dejado de soñar.
No lo necesito cuando la miro
y cubro esa necesidad incluso con los ojos abiertos.

La noche en la que encontré el equilibrio en la tormenta

Esa noche aterrizaste entre mis costillas

al igual que alunizan los desastres naturales:
arañando el silencio,
levantando el polvo de mis suelas,
revolviéndome la vida.
Yo sólo llevaba velas por si acaso me robabas cualquier otra luz;
tú, una botella de vino para beber de labio a labio.
La tele sonaba pero yo ya no la oía.
Esa noche planeada todo fue inesperado:
me sorprendió saber acariciarte tan suave
con unas manos que antes de ti
sólo guardaron restos de sangre
entre uña y uña.
Aprendí que las sorpresas pueden ser agradables,
y que de un cruce de caminos sin sentido
puede nacer el deseo de mudarte a vivir sobre una nueva piel.
Yo ya estaba cansada de los trucos de antaño,
del engaño,
del embaucamiento;
entonces, llegaste tú para operarme a corazón abierto
y antes de intervenir me enseñaste lo vacías que estaban tus manos.
Aún no sé explicarlo.
Pero parece que
me miraste y quebraste el concepto de magia.

El abrazo que acabó con la sequía

Boqueo siendo un pez hambriento de la vida
y entonces llegas tú,
puntual como el invierno.
Sólo con que busques los nudos entre mis dedos
los desatas de mi pecho,
y me arrastras a la humedad que cala ahí fuera
aun estando dentro.
Siempre dejo las expectativas por las nubes
al pronunciar tu nombre.
Y a ver ahora cómo te explico.
A ojos abiertos,
tienes una máquina del tiempo en las pupilas;
si los cierras,
encuentro la paz mundial sin necesidad de treguas.
Me atraviesas el alma a falta de aciertos
y, por primera vez, me haces sentir arte.
Retuerzo los labios para alcanzar un beso:
el propio Picasso podría haber firmado está expresión descompuesta,
con sesenta repeticiones por minuto
y cansancio inexistente:
sólo sé que quiero besarte.
Lo demás ya no sabría describirlo.
Pero yo, que siempre fui de secano,
prefiero lluvia contigo antes que sol sin ti.