Montañas rusas

No sé si he inventado -sin saberlo- alguna suerte de máquina del tiempo

o si te reencarnaste en unos ojos que no te pertenecen,

una voz que jamás has escuchado por no ser de tu incumbencia

y una noche oscura que nada tiene que ver contigo o tu piel blanca;

pero has vuelto a demostrar esa estúpida manía tuya de seguir destrozándome cada una de mis vidas,

incluso sin derecho a hacerlo.

De repente estaba gritando

y ya no eran tus oídos los que sangraban por escuchabar mis reproches,

y tú me rebatías con el tono de anestesia local justo antes darme la puñalada,

en una estrategia que era la tuya aunque las cuerdas vocales no lo fuesen.

De repente intentaba recordarle cómo soy,

por primera vez, a unos ojos que me miraban como tú me contemplaste la última,

mientras ibas quebrando a partes iguales mis principios y tus promesas,

porque, aunque te sorprendas, otra persona suplicó que le dejase seguir fingiendo que éramos  sólo un juego.

De repente veía todo desde el altar

y regresaban el pánico y el miedo a las alturas,

aunque ya no eran tus labios los que besaban mis pies y los tenía bastante más sucios

por todo el camino que he recorrido desde que te marchaste.

De repente me ausentaba

y los mismos testigos mudos que un día pensaron que el silencio sobre nuestros crímenes

serían eternos,

descubrieron a otra persona buceando en unas metas

que mi antigua yo y tu antigua tú en realidad jamás compartieron.

 

Y de repente regresé a mí,

a la versión de mí que vive mejor sin  ti,

a la yo que no te necesita ni necesita a quien  te arrastre

a su memoria o a otro cuerpo o a una noche más

para sentirse bien o, al menos, no sentirse tan mal.

Y esa yo se ha destapado de mentiras,

ha cargado sus armas con el valor que ayer no encontró,

y ha regresado al campo de batalla,

dispuesta, esta vez sí, a matarte o a morir en el intento.

Porque no, mi amor, ya no te necesito si me merezco a mí,

y no me merecería si aún te necesitase.

Esta vez voy a darlo todo y me da igual dejar la voz para gritar

que no cambiaría nada sobre nuestras encrucijadas porque ahora lo tengo claro:

quiero que me quieran bien,

y tú ya demostraste hacerlo mucho pero mal.

Y eso ya no me sirve porque lo puede hacer cualquiera

y yo vuelvo a estar cansada de  personas corrientes a ratos

 

y

desniveles

constantes

con

sus

bises.

 

 

Atardecer.jpg

Para cuando llegues

Te tengo reservado un universo en el pecho,

una vida en el espacio que me sobra en los segundos que me faltas

y todo lo que podría llegar a ser si no intentase llegar a ser sin ti,

en la costumbre de echar de más,

m i n u t o  a  m i n u t o  c e n t í m e t r o  a  c e n t í m e t r o

de tu ausencia;

para mí sólo he guardado

un billete de ida destino a tus coordenadas,

maletas repletas de dolor para esconder tras tus besos si me encuentran

y un hueco junto a mis huellas para arropar a las tuyas en el camino de vuelta.

 

Fiera

Te han roto mil veces con sus ejércitos de moral invisible,

te han rodeado otras quinientas con pistolas que,

en vez de balas,

estaban cargadas con sus cánones para el amor

y así te han acostumbrado a vivir

con la música en los tímpanos,

la vergüenza tras las bragas

y el amor propio en los bolsillos.

Pero creéme si te digo que tengo un plan:

pienso besarte hasta que te acostumbres solamente

a sentir el mundo entre tus dientes

y mi corazón

entre tus piernas.

Hay quien lo llama karma

Hay fuerzas más poderosas que la gravedad dentro de mi cabeza,

y todas,

absolutamente todas ellas,

pugnan por arrancarte sin contemplaciones de esa parcela entre hemisferio y hemisfero

que decidí prestarte cuando aún creía que había algo que pudieras hacer florecer

 

(sin destruirlo luego).

 

Cuánta fe inútil he derrochado por estos cuatro costados y estas veinticuatro costillas,

veinticuatro seis, dejando sólo exentos los domingos;

cuánto altar y cuanto rito y cuantos rastro de celebrar tu presencia

corazón a corazón si te tenía frente a frente,

recuerdo a recuerdo en esas ausencias más coherentes que tanto dolor.

Te he adorado, te he pensado y admito que aún lo sigo haciendo,

aunque ahora sea sólo a ratos y cada interrogante esté impregnado

de reproches:

me pregunto qué sabrá más amargo,

si tus errores o las palabras que has tenido que tragarte;

si seguirán pesando tanto esas cadenas a las que fingías no anclarte,

pero amaste más que a ti misma (y, por supuesto, más que a mí);

y, si no es así,

si al menos por una vez en tu vida hiciste algo que mereciese la pena y las rompiste,

si estarás volando,

cómo de alto

y cuándo te pegarás la hostia que te mereces

(hay quien lo llama karma; yo lo llamo “no-podías-acabar-de-otra-forma”.)

 

Admito que te pienso aunque sea por costumbre,

y me insisto para empezar a dejar los malos hábitos

(ya sabes: fumar, beber, enamorarme, pensarte),

aunque sólo estoy logrando abandonar el que tiene que ver contigo.

Ahora sólo me permito pensar en ti los domingos,

y cada vez que consigo encaminar mis pasos de nuevo hacia tus coordenadas

intento averiguar si hay algo en ti que todavía merezca la pena.

 

De momento,

no he encontrado nada más que telarañas.

…y el chocolate espeso

La premisa es básica: sólo quiero que me quieran

(sin miedo,

sin excusas,

sin celos,

sin dramas,

sin mentiras,

sin agobios,

sin duelos,

sin pasado,

 

sin ti, mi vida, sin ti

y sin todo lo que representas coloreando cada letra de otro nombre).

 

La premisa es básica: sólo quiero que me quieran

pero no lo necesito.

Lo que sí necesito es que,

si lo alguien lo hace,

si alguien salta al vacío y arriesga y elige quererme,

 

decida hacerlo bien.

Mirarte desde fuera de tu pecho (y sonreír)

Brindo conmigo misma porque tú ya te has marchado.
No creo que me veas sangrar,
y no te equivoques:
no creas que es porque hayan cerrado las heridas,
porque si no lo hubieran hecho descubrirías que tampoco quedan fluidos
en aquellas venas que sentía vivas por ti,
ni en aquellas lágrimas que ahora recorren mi cara
si acaso la risa me arranca la vida de puntillas.
Sólo hay polvo y la certeza de un latir
que este verano parece haber quedado congelado;
hay desgana y estacas escapándome del pecho
sin dejar su cicatriz;
hay mil cosas que hoy por fin
me atrevo a arrojarte sin órbitas ni rodeos,
pero no estás tú,
ni tampoco la pena que creí que merecías.
Brindo conmigo misma
porque tú ya no estás.
Y aunque estuvieras no quedaría espacio.
Y aunque lo quedase no querría que permanecieses.
Y si permaneciera, lo diría sin tapujos:
desnúdate de tus delirios de grandeza.

No eras para tanto.

A solas con el folio

A ratos,

me aterra la forma en que me mira el folio en blanco.

Cuando esto sucede yo también lo miro

y nunca dejo que el pánico se refleje en mis pupilas:

podría encontrar lo que amo y deja que te matase

(y morir feliz entre los besos de los versos),

pero esta noche es demasiado fría como para desnudarme

de todas las inseguridades que me arropan.

Me enredo en ellas y es a ella a quienes lamo,

y aunque el folio me siga observando

para él sólo he reservado una máscara de odio.

También a él le miento como hago conmigo,

y lo observo con ira fingiendo que no lo siento.

Me sigue aterrando,

y sólo sé salvarme cada vez que agarro el boli y lo acuchillo,

o mis dedos bailan sobre unas teclas y él se tiñe de negro,

y ese luto es por sí mismo porque ya nunca volverá a ser ese folio blanco

que con apenas mirarme me hace temblar.

Y desgarro su calma  y le escupo a mis fantasmas

si le digo que quiero apuñalarlo golpe a golpe,

verso a verso.

Lo que no confieso es que ésa es a la vez

la mejor forma, la más salvaje, la más sincera

 

que se me ocurre para hacerle el amor.