Preguntas retóricas desde la distancia

Nadie dijo que en la vida estuviese prohibido contar cicatrices

y por eso,

mi amor (y hoy no lo digo por costumbre),

voy a hacerte cerrar los ojos y a hacer que sepan dulces.

Y que dejen de doler,

y de dañarte,

y de crear arte

en cada recoveco en donde sólo debería haber espacio para tu sonrisa,

en lugar de una llaga por centímetro de piel besada por otros labios.

Ya lo dije: voy a encarar mis miedos.

Aunque no sepa a qué le temo más,

si es a romperte de nuevo o a romperme;

a imaginarte en otros brazos o atarte con mis cadenas

o a transformarme en todo eso que odio

por ser justo lo que no mereces.

Pero y qué, si el viento nunca ha dejado de saber guiarme.

Si al fin he decidido armarme de valor para gritar

que quiero imaginar tus susurros en mi oído

al volumen que tú quieras,

tus uñas en mi espalda

dibujando cualquier trazo caprichoso

y un trayecto hasta el colchón en el que irnos desnudarnos.

También de la ropa.

Estoy poniendo las cartas sobre la mesa

porque ya no queda espacio bajo ella,

y quizás no sean ni el modo ni el momento,

pero soy incapaz de evitar la cara de póker

si eres tú quien me contempla y me arranca sin preguntas esos interrogantes.

Como, por ejemplo,

si te juro que no hay máscaras ni veneno…

¿quieres conocerte conmigo?

La noche en que me salvaste

Cinco letras pendiendo sobre tu cabeza,

aunque no tuvieses alas.

No las necesitaste para rescatarme a pesar de pisar este terreno pantanoso.

Y el tiempo pasó, las personas pasaron, la vida pasó.

Nos desconocimos y volvimos a conocer,

mi nueva tú y tu nueva yo,

y cada vez que te conocí de nuevo volví a ser incapaz

de cerrar brechas para evitar tenerte en mi cabeza.

Ahora que he aprendido a no colgar de unos labios

de los que respirar,

debes saber que no quiero que quieras que te quiera por no quererte tú;

apenas quiero que te quieras y me quieras si quieres querer.

Y quiero que te quieras despacio,

al ritmo de estos labios que pronto sonreirán por lamer tus cicatrices.

Quiéreme sólo si quieres,

porque nunca serás totalmente mía.

Que si fueras mía por completo

yo no volvería a ser tuya nunca más.

Pero esta noche tú sigues siendo  preciosa

y yo aún no sé qué hace una chica como tú en un desastre como éste.

Sólo sé que aún tiemblo si te pienso,

y se me retuercen el corazón y los pulmones y el estómago,

y ya no hay mariposas porque sólo queda hueco para ti.

Sólo sé que ni la Torre Eiffel me dio tanto vértigo.

Vértigo de mirar a tu colchón y ver mi cuerpo,

y al día siguiente mirar a tu colchón y ver mi cuerpo,

y a la semana siguiente mirar a tu colchón y ver mi cuerpo,

y al mes siguiente mirar a tu colchón y ver mi cuerpo,

y al año siguiente mirar a tu colchón y ver mi cuerpo,

y a la vida siguiente mirar a tu colchón y ver mi cuerpo.

Eso sí que es vértigo.

Pero,

si eres tú quien me lo pides,

yo salto.

Si las circunstancias fuesen radicalmente opuestas

Las cosas habrían sido diferentes.

No me malinterpretes:

no me arrepiento de cada beso,

ni siquiera de aquel primero que cayó en el olvido

entre risas, alcohol y lagunas en las que nunca supe nadar.

Sólo digo que las cosas habrían sido diferentes,

que el morbo de comernos las miradas a escondidas

habría sido la dicha por hacerlo sin secretos;

que los labios que acabaron en el cuello

habrían terminado descansando en otros labios;

que tu cuerpo en mi colchón habría encajado mejor

que las falsas expectativas.

No me malinterpretes:

no queda hueco para la decepción en mi pecho,

sólo las chispas que aún saltan al rozarnos,

el misterio de qué hubiera pasado si,

el cariño mutuo,

la seguridad de tu abrazo

y esas tantas verdades que me golpean si te pienso.

Dormiste junto a mí una noche equivocada

y ahora nos debemos más de dos lunas,

y tú también lo sabes.

Igual que pareces saber que mereces ser feliz

y vas a serlo,

y lo repetiré cada vez que sea incapaz de sellar mis arrebatos sinceros

por tanto echarte de menos.

Y ni hemos escrito el capítulo final.

Volveremos a encontrarnos porque es una promesa inevitable,

y tú y yo un paréntesis en mitad de otro paréntesis vital,

una respiración profunda

y mil películas premiadas en mi cabeza.

Quizás cambien las tornas o tal vez no lo hagan pero,

en cualquier universo entre mil hipótesis,

la vida sigue siendo más bonita imaginando que,

al menos,

no tuve que pisarte para dejar en ti mis huellas.

Espejismos del futuro

Miro al horizonte y pienso en el futuro:
a veces no lo veo,
otras se esconde tras diez edificios blancos
y juega a ser destello en sus orillas.
Y me hace temer perderme en él,
como en la vida.
Porque,
sí, mi amor,
me asusta más perderme que perderte
y sé que cuando no me encuentre tampoco tú saldrás a buscarme.
Llevas demasiadas llagas tatuadas en el pecho
y yo demasiadas alas dibujadas en los labios.
Lo que no sé es cómo decirte
que me las cortaría por ti.
No sé cómo decirte
que no olvidaré este momento
de horizontes, cerveza y risas lejanas,
igual que se grabó a fuego en mi memoria
ese instante en que descubrí
que aún podían temblarme hasta las pestañas
con apenas besar(te).
Borra esos miedos
o, al menos, déjalos en mis manos,
que he guardado un territorio libre de banderas y mentiras
por si acaso decides quedarte a vivir en mi vientre.
A ver cómo te lo explico.
Vuelvo a casa,
y no hablo de la ciudad.
Hablo de ti.

Ley de atracción por lo desconocido

Juro que aún no he logrado

colarme por entre tus inseguridades,

destapar cada brecha en cada grieta,

deshacer costuras rotas en tu pecho,

comprender por qué si vienes esta noche yo decido que me quedo

(si a veces no me quedo ni por mí).

Quizás por eso aún no entienda por qué amas

el peso de mis impertinencias,

mis idas y venidas,

nuestros tiras y aflojas

y mi búsqueda constante de tus manos en mis dedos.

Lo admito:

te he soñado hasta despierta,

y si acaso eso no sirviese como excusa porque de alguna extraña forma me conocieses

-si acaso supieses que sueño despierta como quien respira,

por instinto-,

admito también haberte reconocido entre mis sueños.

Mi amor

-como siempre, por costumbre-,

ni imaginas el mérito de colarse en mis pesadillas y

r o m p e r l a s.

Pero qué puedo esperar ya.

Anoche llovía entre tus piernas y yo me quemaba por dentro y éramos vapor que fluía,

y hoy somos una promesa estática

de 336 horas fluctuables

(y algún que otro minuto si acaso que me queda suelto,

porque tengo la intención de atarlo a tus costillas).

Aproximación

Háblame.

A la cara, a mis espaldas,

a susurros o entre gritos.

Como sea,

pero vamos a hablarnos.

Mírame.

A escondidas, a descubiertas,

despierta o en sueños.

Donde sea,

pero vamos a mirarnos.

Cómeme.

La cara, la vida,

la oreja o bastante, -bastante- más abajo.

Lo que sea,

pero vamos a comernos.

Vamos a vernos, a reconocernos, a recuperarnos o rehacernos.

Vamos a nombrarnos.

Vamos a encontrarnos,

porque volveré con poco,

pero esto es lo que tengo:

tengo las ganas multiplicadas por cien y una maleta en la que ya no caben más,

las espaldas destrozadas por un peso que se mide en kilómetros y suma cuatro mil

y la forma en que mis pupilas tiemblan si te beso grabada a fuego en la memoria.

Y no puedo más,

no sin decírtelo.

Todos estos meses han sido el entrenamiento:

esto es la recta final, la vida real.

¿Seremos, o no seremos?,

esa es la cuestión.

Y mi respuesta está clara:

ojalá poder hablar de otros lugares,

pero Roma siempre será punto de referencia.

Porque te encuentro cada vez que la invierto:

no hablo sólo del Amor;

hablo de que todos, absolutamente todos mis caminos,

comienzan, conducen y acaban en ti.

Conversaciones internas a golpe de cerveza

No sé como decirte

que te entregaría cada una de mis horas de sueño

a cambio de que durmieses en mi colchón:

tengo miedo de que pienses que hablo del plazo de una vida,

pero también de que creas

que unas sábanas bañadas en sudor será nuestro memorial.

Y no.

Cero de dos,

dos a cero a mi favor si encuentro un idioma en que lo entiendas:

ni estoy preparada para eso, ni soy así.

Pero tú qué vas a saber,

si sólo sabes de sorprenderme cada vez que encuentro mi zona de comfort,

si no me llamas pequeña por mirarme desde arriba porque,

por una vez,

te hayas dado cuenta de lo grande que eres por etérea.

Me has traído la calma entre las turbulencias,

las ideas en los desiertos mentales y

la paz en los vaivenes

en un tira y afloja en que nadie quiere soltar.

A cambio,

prometo escoger bien las palabras o,

mejor,

abrir esa cerveza,

y luego otra más,

hasta que el compromiso y abandono se besen lentamente;

hasta que me fallen las conexiones mentales al encontrarlas contigo,

y probaré una y otra vez.

 

Hola, ¿qué tal?

tienes como una incendio en los labios y una duna en cada centímetro de piel,

y yo,

que siempre necesité del calor de un corazón que calentase mis pies congelados,

que ahora escojo libremente porque  ya no necesito,

sino quiero (y cada día un poquito mejor que el anterior),

no pienso en otra cosa que en que me quites la luz para apagarte la ropa.

Sólo siéntate a mi lado y permíteme invitarte a una cerveza.

Hagámoslo sencillo:

por si acaso un solo verso no logra alcanzarte,

déjame una noche de mostrarte que no necesito palabras

para hacerte sentir poesía.