Tres cervezas

No quiero saber lo que va a pasar

por miedo a lo que pueda pasar.

No quiero saber lo que hacen

porque no necesito saber lo que hacen.

Que me hablen.

Que no me hablen.

Ya no sé ni lo que digo.

Ojalá me lean.

Ojalá este rincón sea solo mío.

No lo será.

Empecé a ser sincera desde que dejé escapar

la mayor mentira de mi vida  y

la verdad no volvió. 

Que no vuelva.

Casi nadie me conoce realmente.

Yo tampoco.

Por eso quiero esconderme.

He decidido escribir en tercera persona para ver si,

al ser más lejana que la segunda,

duele un poco menos.

Me he prometido no volver a pensarle.

También no volver a las farsas.

También no volver a prometer.

Si al menos una vez he incumplido alguna de estas tres promesas,

¿cuál será la siguiente en romperse?

Da igual.

No voy a buscar nuevos horizontes,

ni a la curiosidad en la fecha de caducidad de mi propio cadáver

por tener apenas una vida.

Esta vez me necesito.

Necesito quererme  solo a mí.

 

El río

He dejado que mis ideas volviesen a ser ideas
sobre la misma almohada
en la que quise yacer en su día
y en la que no llegué a hacerlo por falta de ocasiones.

Pienso, de forma, tal vez, demasiado recurrente
en cómo ha cambiado el mundo desde entonces.

Insertar primer apellido

En mi familia, cuando alguien se marcha por un rato, esperamos con paciencia y con ganas y con gestos su regreso. Hasta la extenuación, hasta el insulto, hasta el miedo, hasta la lágrima, hasta una nueva despedida.

En mi familia, cuando alguien se marcha para siempre, respetamos ese último deseo, abrimos una botella de vino, alzamos copas, rogamos para que escuche desde donde sea.
Nadie llora por fuera pero compartimos ojos inundados y recuerdos y despedidas y eso es obvio para cualquiera que sepa mirar desde dentro. La práctica nos ha vuelto casi expertos en hacernos invisibles y en pedir ayuda a gritos y en regalar un abrazo en momentos inesperados a quien más lo necesita.

En mi familia somos quienes somos.
En mi familia queremos a quienes queremos.
En mi familia no hay nada más allá pero queremos el presente.
En mi familia muchas cosas duelen.
En mi familia ninguna de ellas mata.

Por eso lo tengo claro. Que bailen sobre mi tumba quienes algún día me quisieron.
Si yo también les quise, prefiero que taconeen mientras piensan en mi nombre a que lloren cuando piensen en la ausencia.

Los días pares

Fui incapaz de atravesar el laberinto

incluso cuando me abrías las puertas y creías ser cristal.

Ahora, tras las barreras, el plomo, los kilómetros y las horas de más

no sabría siquiera por dónde comenzar a descifrarte.

 

Dime, ¿cómo de firme es realmente la tierra que pisas?

 

¿Regresas a escondidas por el miedo, por el asco, por nostalgia, por el odio, por cariño,

sin motivos?

 

Podría estar más desorientada en mitad de ese desastre,

y ayer habría disfrutado del desconcierto entre tanta profecía,

pero hoy el cansancio pesa más y los bucles pesan más y el amor propio pesa más y lo malo pesa más

y solo soy capaz de subir a las montañas rusas una vez antes de marearme

 

y por todo eso y por todo lo que jamás diré

si no es a ti y solamente a ti

decidí no volver a entrar en juegos de azar.

 

Pensamiento intrusivo n. VI

Has vuelto a fingir que te import(a/o)

y yo he vuelto a fingir que no me import(a/s).

Quizás esta vez alguna de esas dos afirmaciones

fuese verdad

aun por simple casualidad.

 

¿Conoces el cuento de Pedro y el lobo?

Yo solo recuerdo que,

al final,

no ganaban las ovejas.

 

Y  eso a ratos me basta para imaginar el resto.

Pensamiento intrusivo n. V

Hoy he conseguido olvidar por completo
durante,
exactamente,
263.000 milésimas de segundo.
Me he negado a calcularlo en minutos
por no sentir que lo estoy haciendo todo

tan rematadamente mal.

Quizás dejar ir,
más que una cuestión de disfraces, atracciones, obligaciones, sueño, tiempo, tacto, tiento, vida o muerte
sea, simplemente,
una cuestión de suerte.

Epílogo tardío

Anestesia que no arranca esta carga de la espalda,

siempre cae más abajo,

más abajo,

 

más abajo,

 

 

mis yemas no alcanzaban para aliviar esa carga.

 

Catarsis oculta entre palabras,

todo lo que se dijo en lo que jamás se habló,

misma moneda y todos ciegos,

desinterés por el desinterés,

despedidas más explícitas que una despedida

en la ausencia de ausencia como modo de ausencia.

Intentar dejar fluir,

ahogarme en el caudal,

nada que aclarar desde que intenté limpiar un río de aguas turbias

volcando en él mi último vaso de agua clara.

El mareo de esa última

montaña

rusa.

Me he prometido que nunca más.

Me he prometido cumplir mis promesas.

He tardado en marcharme pero ando con pies pesados,

inefable

solo al paso;

me he dejado ir y siento como despego.

 

Ahora floto más alto,

más alto,

 

más alto.

 

Me da igual la longitud de mis propios brazos.

 

Solo busco que allí donde llegue

tus manos dejen por fin de alcanzarme.